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“Cuando desperté, ya no tenía piernas”

MÉDICOS SIN FRONTERAS/ PROCESO

Migrantes observan el paso de La Bestia en Veracruz. Foto: Médicos sin Fronteras

CIUDAD DE MÉXICO.– El aumento de los controles y redadas y el endurecimiento de políticas antimigratorias en la frontera sur de México no solo han incrementado la vulnerabilidad de los migrantes y demandantes de asilo frente a grupos del crimen organizado, sino que también provocan graves accidentes a bordo del tren conocido como La Bestia, en el que migrantes han llegado a perder la vida o sufrido terribles heridas.

Es el caso de Lurvy Elisa Ramírez, quien fue arrollada por el tren el pasado mes de diciembre cuando huía de efectivos de la Guardia Nacional y sufrió la amputación de sus piernas.

Tras ser dada de alta en el hospital y haber recibido atención médica y psicológica por Médicos Sin Fronteras (MSF) en Coatzacoalcos, Veracruz), Lurvy cuenta su historia.

“Tuve que huir del departamento La Esperanza, en Honduras. Allá está muy difícil la situación, la delincuencia está por todos lados y no hay empleo. No se puede sobrevivir con un trabajo o un negocio porque te llega el impuesto de guerra (extorsión) y, si no les pagas, te asesinan. Yo tenía un negocio de comida que no daba para mucho y lo que me pedían no lo podía dar. Tuve que mandar a mis cuatro hijos a otro departamento y su papá se tuvo que quedar con ellos, porque yo tuve que escapar”, recuerda Lurvy.

La mujer, de 44 años, está completando su rehabilitación en la Casa Catalina, un refugio para grupos vulnerables en Coatzacoalcos.

“Para mí fue muy triste tener que salir de mi casa, hace más de cinco meses que lo dejé todo. Como mujer fue muy difícil tener que viajar sola, sin saber cómo me iba a ir en el camino. Sabía que iba a ser difícil por las cosas que le cuentan a uno, porque la gente te dice que te van a hacer algo, o te van a agarrar, a encerrar o a deportar”, narra la hondureña.

Tan pronto logran llegar a territorio mexicano, los migrantes son perseguidos tanto por las bandas delictivas como por las autoridades, que han incrementado los retenes y las redadas contra la población migrante.

Además, el sistema de migración en México se encuentra colapsado y, a raíz del cambio en política de acogida, es más difícil para los extranjeros obtener los permisos necesarios que les permitan cruzar el país hacia Estados Unidos sin tener que huir y esconderse de la policía y los agentes migratorios.

“Cuando llegué a Chiapas me dijeron que en la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado) ayudan a los migrantes con los papeles, por eso fui y empecé mi trámite. Iba todos los martes a firmar, pero pasaron dos meses y no veía ningún avance. Tenía miedo de quedarme en Chiapas, porque estaba sola y en esa zona están las bandas que persiguen a los que venimos de Centroamérica. Fui perseguida y acosada por un hombre, no sabía cuáles eran sus intenciones, también me dijeron que las maras operan ahí y tenía miedo de que me encontraran. Entonces me desesperé y decidí tomar el tren”, explica Lurvy.

La persecución y la criminalización de los migrantes los hace más vulnerables y en muchas ocasiones se ven obligados a elegir rutas más peligrosas para evadir los controles migratorios.

“Llegué con un grupo a Coatzacoalcos, queríamos tomar el tren que va a Tierra Blanca. Esperamos ahí hasta que escuchamos que se aproximaba. Entonces todos salimos corriendo porque la migra estaba en el sitio donde el tren pasa más despacio, así que tuvimos que agarrarlo más adelante, donde aumenta su velocidad. Nos tropezábamos porque teníamos miedo de que nos agarraran. Yo quise intentarlo, pero no logré alcanzarlo. Solo recuerdo cuando ya estaba tirada en el suelo y toda la gente estaba alrededor de mí, no me quise mirar las piernas, pero sentía un dolor insoportable”, recuerda entre lágrimas.

“Todos los presentes, los compañeros, los vecinos de la zona, intentaron ayudarme, excepto los policías. Me hicieron un torniquete, llamaron a una ambulancia y me trajeron al hospital. Me ingresaron al quirófano y cuando desperté ya no tenía mis piernas. Llevo casi tres meses en Coatzacoalcos. Le doy gracias a Dios porque por lo menos tengo vida y tengo que salir a adelante por mis hijos”, dice.

Luego de varias sesiones con la psicóloga de MSF, Lurvy se muestra más optimista acerca de su futuro. “Me siento más tranquila, sé que ya no tengo mis pies, pero voy a tener mis prótesis, retomaré el trámite de mis papeles y espero que me den refugio porque me van a matar si regreso a Honduras”, afirma.

A pesar del dolor físico y emocional sufrido, esta mujer hondureña conserva las esperanzas de buscar una vida mejor para su familia.

“Quiero volver a caminar, motivar a otras personas que han pasado por lo que yo pasé, porque sé que son muchas personas las que han tenido la desgracia de caer del tren. También espero traer a mis hijos porque allá peligran y quiero que estudien. Ellos son mi motivo para salir adelante y luchar, son mi alegría. He aprendido a motivarme porque tengo que salir adelante. Yo sé que esto va a pasar”, dice convencida.

El porvenir de lanzarse a la ruta migrante mexicana no es alentador y es cada vez más difícil.

“En Coatzacoalcos, una ruta de paso para los migrantes habitual, hemos notado que pasa menos gente debido al aumento en los controles migratorios, que se hacen a escasos metros de donde nuestros equipos ofrecen consulta y que es donde los migrantes suelen subirse al tren”, afirma Gemma Pomares, responsable de actividades médicas de MSF.

“Esto supone que, por temor a ser detenidos, menos pacientes accedan a nuestra consulta, aunque estén necesitados de atención médica y también provoca graves accidentes”, concluye Pomares.

“El hecho de que las autoridades le hayan negado asistencia a Lurvy muestra la deshumanización a la que se ha llegado con las políticas de contención migratoria. La persecución de las autoridades mexicanas pone en peligro la vida de migrantes”, sentencia Sergio Martín, coordinador general de MSF en México.

Personas observan el paso de La Bestia en Veracruz. Foto: Médicos sin Fronteras

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