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“Lo único que queremos es paz”. Crónicas de odio y solidaridad frente a la caravana migrante en Tijuana

Iván Gutiérrez/SOMOS EL MEDIO
Fotos por Jorge Gómez, Paulina Lazcano e Iván Gutiérrez

En una casa de acampar duermen tres niños y una señora tapados con una cobija estampada con caricaturas de dibujos animados. Afuera de este hogar improvisado reposan varios pares de zapatos y tenis sucios.

A unos metros de distancia otra casa con lonas y cobijas se alza en la intemperie del campo de la unidad deportiva Benito Juárez, en la zona centro de Tijuana, espacio “acondicionado” para albergar a los primeros cientos de centroamericanos de la caravana migrante. El escenario es de extrema pobreza, como el que uno se encuentra al visitar las zonas marginadas de cualquier ciudad.

Es aquí donde Marlom Iván Ávila, hondureño con 35 años y tres hijos, descansa un rato sobre una colchoneta roja. Comerciante cuyo negocio de frutas no pudo contra las condiciones de corrupción, violencia y miseria que asolan Honduras desde hace una década, su platillo favorito es el arroz con frijoles y huevito con sopa de mondongo.

“Huimos de la pobreza y la corrupción, los negocios ya no daban, todo está demasiado caro, ya no alcanza para la canasta básica, la luz carísima, los servicios… ya no se puede vivir ahí”, comparte el hondureño al narrar la situación de su país. “Los gobiernos se roban todo, no dan nada a los pobres. Por ejemplo, yo vivo en una casa de madera, solicité un apoyo a los diputados, que me ayudaran a construir mi casa. Dijeron que cuando terminaran las elecciones me ayudarían, y nada. En invierno el único lugar seco que tenemos es arriba de la cama, el agua está hasta las rodillas”.

Marlom llegó a la ciudad fronteriza el miércoles 14 de noviembre, y comenta que esa noche estuvo presente durante las agresiones recibidas en Playas de Tijuana, donde un grupo de vecinos de la zona y habitantes de San Ysidro acosaron por horas a los migrantes recién llegados: “La situación que vivimos en playas fue desagradable porque en los estados más pequeños de México nos habían estado apoyando enormemente, en Chiapas, Oaxaca, Ciudad de México, Guadalajara, y aquí en Tijuana una parte nos apoyó y otra más nos agredió; solo aquí hemos recibido agresiones”.

A pesar de la respuesta de ciertos tijuanenses, Marlom mantiene una actitud optimista y no pierde de vista mejorar la vida económica de su familia una vez que logre cruzar y trabajar en EEUU: “Toda mi familia se quedó en Honduras, pero ya estamos muy cerca. Es difícil dejar tu país, nunca me había alejado tanto de mi familia, hoy son 30 días de haber dejado todo allá. Les mando decir que no se preocupen, que yo estoy bien, que todo este esfuerzo es por ellos y va a valer la pena”.

Un hombre comienza a alzar la voz cuando le cuestionan si piensa que los mexicanos en Estados Unidos son violadores: “¡No, los mexicanos no, pero los hondureños sí, son violentos!”. La reproducción de estereotipos y discursos de odio contra los mexicanos que en los últimos años ha expresado un sector de la sociedad estadounidense ahora salen de voces tijuanenses; en este caso, la expresión viene de un agente de ventas y va dirigida contra los migrantes centroamericanos.

El lugar es la Glorieta Cuauhtémoc, en Tijuana, donde menos de 100 ciudadanos se han concentrado la mañana del domingo 18 de noviembre para expresar su rechazo a la caravana migrante que ha comenzado a llegar a la ciudad fronteriza. La cifra de participantes es minúscula en contraste con el millón y medio de personas que habitan Tijuana.

“¡Fuera, fuera, fuera, fuera, no a la invasión!”, gritan los escasos mexicanos congregados en el monumento cívico. “No más caravanas”, dice una cartulina que sostiene una mujer joven. Al lado suyo otra más expresa “A México le gustan los frijoles”, al parecer con pleno desconocimiento de que el maíz y los frijoles forman parte de la dieta del 90% de los hondureños. Entre los asistentes hay quienes ondean banderas nacionales, y si uno voltea a la parte superior del monumento se encontrará hasta con familias enteras que esta mañana se han levantado temprano para “defender la patria”.

Entre las consignas expresadas por los asistentes están “Primero nuestros pobres”, “Migrantes sí, invasores no”, “El pueblo unido jamás será vencido”. Desde lo más alto del monumento también se escuchan otro tipo de gritos: “¡Qué onda, vamos por un doce!”, dice un sujeto de gorra y camiseta de la selección mexicana. Y otro más: “¡Que nos traigan una caguama!”, dice al ver llegar a los policías municipales, a lo que sus compatriotas responden con amplio buen humor.

Las docenas de manifestantes expresan en carne viva los mensajes replicados por las redes sociales en los últimos días. Entre ellos, un señor de nombre Artemio Peralta, oriundo de Veracruz pero residente de Tijuana desde hace 20 años, expresará que “esta caravana no se trata de migración, sino de una invasión. Nadie emigra en esa cantidad, hay algo detrás de esto. Están exigiendo buena comida, a las familias de Oaxaca les tiraron la comida en los pies. Yo cuando tengo hambre como lo que me den. Con uno que te tire la comida ya son unos malagradecidos”.

El encono social de ciudadanos como Artemio es alto, y parece alimentarse por la incertidumbre de no saber quién está meciendo la cuna: “Hay intereses, no sabemos de quién, porque no dan la cara, son cobardes que se esconden detrás de su dinero, son personas desestabilizando. Irrita en sobremanera la forma en que tiraron la frontera sur, todo por la negligencia del gobierno federal. Hemos vivido reprimidos por el gobierno federal muchos años, por eso votamos por Obrador, pero se está equivocando al permitir que entren los centroamericanos. Si se quedan, López Obrador al tercer año se va, si él no los saca de México, al tercer año se va”.

Más a la izquierda, doña Rocío, de 55 años, comparte preocupada “noticias” sobre el avance de la invasión: “Me acaban de avisar que los inmigrantes tomaron unas casetas en Tecate justo ahorita, ¡ven no les gusta trabajar, son unos huevos!”. Al preguntarle si no piensa que está replicando el mismo discurso que Trump ha vociferado contra los mexicanos, la respuesta es que “a mí no me importa Estados Unidos, yo hablo de México […] que Trump diga y haga lo que quiera”.

La cantidad de medios de comunicación reunidos en el lugar —casi más que los participantes en la manifestación— refleja lo expresado por el periodista Jenaro Villamil el día anterior durante la presentación de su último libro en Tijuana: “los medios han sido gran parte del problema en la creación de este ambiente de xenofobia y racismo, porque están desinformando al sobre-dimensionar y sobre-exponer hechos amarillistas (como el que una señora diga que no le gusten los frijoles), mientras se dejan de lado tragedias que hacen de este acontecimiento una crisis humanitaria”.

Esto parece evidenciarse en vivo con la “cobertura” de un presunto comunicador llamado Alex Backman, quien con celular y micrófono en mano dice que una senadora acaba de anunciar que vienen 5 millones de migrantes más desde Brasil, Nicaragua, Venezuela, Colombia y demás. “Además ya se demostró que hay cientos de familias ficticias, pagadas por quién sabe quién para venir hasta acá a crear desorden”, agrega.

Uno de los hombres “entrevistados” por Backman, cuyo acompañante porta para la ocasión un pasa montañas, responde: “¡No lo podemos permitir. Dicen que huyen de la violencia pero en realidad viene entre ellos!”.

Minutos después otro de los presentes compartirá con su acompañante: “Esto no va a servir de nada, está muy pasivo. Tenemos que ir al albergue a tirarles palazos, sólo así van a entender. Pero me imagino que es poco a poco…”

“¡No son normales, son subnormales!”, se escucha desde lo alto.

Bandejas con comida preparada por haitianos invitan a degustar nuevos sazones culinarios. A un costado se venden prendas y accesorios tradicionales de Haití, mientras en la parte frontal del recinto un joven declama un poema sobre la magia gitana que esconden las culturas mesoamericanas. En una de las paredes hay fotografías en blanco y negro de un equipo de futbol haitiano de Tijuana, y justo a dos metros de ellas un grupo de haitianos se ríe cálidamente al compartir sus experiencias de la semana.

El evento de hoy lleva por nombre “Miradas Fronterizas”, y es coordinado por la organización Espacio Migrante en el espacio contracultural “Caja Fuerte”, ubicado en el Pasaje Rodríguez de la zona centro de Tijuana.

Tonathiu Velázquez, 31 años, profesor universitario en las universidades privadas CETYS y Xochicalco, comenta que se involucró en el apoyo a migrantes tras realizar sus prácticas profesionales en una asociación que trabaja la migración; en su tesis de maestría abordó el tema de cómo México pasó de ser un país-tránsito a un país-receptor de migrantes.

“El objetivo del encuentro es que los mismos migrantes cuenten sus historias”, comenta Tonathiuh, quien agrega que si bien Espacio Migrante es una asociación pequeña, en ella participan voluntarios de diferentes áreas para dar asesoría jurídica a migrantes, cursos educativos y organizar actividades culturales como la de esta noche.

“Hoy tenemos lectura de poesía, presentación de libros, música y comida. La idea es darle voz a los involucrados en la migración (deportados, migrantes foráneos, migrantes flotantes), y ver cómo ellos perciben el fenómeno, no tanto nosotros explicarlo, sino comprenderlo desde su propia experiencia”, comenta el joven voluntario.

Sobre los brotes de xenofobia que comienzan a emerger en Tijuana, Tonathiu afirma que hay un desconocimiento de la situación actual que genera una percepción de caos, si bien el fenómeno guarda múltiples similitudes con la llegada de los haitianos a la ciudad en 2016:

“En su momento había más de 18,000 haitianos en Tijuana, y al final menos de 3,000 se quedaron y ahora están integrados en la sociedad. En esa ocasión también hubo una psicosis colectiva por la incertidumbre de qué iba a pasar, y al igual que ahora se debió a que no hubo una respuesta efectiva del gobierno para atender la situación. Por la cantidad de esta caravana la gente se está alarmando, pero creo que es cuestión de tiempo, de que la sociedad civil se organice, se solidarice y participe”.

Una joven de unos 22 años con una cartulina que reza “Solidaridad” se para en la banqueta de la Glorieta Cuauhtémoc de Tijuana para solicitar diálogo con los manifestantes en contra de los migrantes centroamericanos. No pasan más de diez segundos cuando ya comienza a recibir agresiones. Adultos, jóvenes y hasta mujeres se confrontan con la joven que clama por los derechos migrantes y una comprensión histórica de la situación de la caravana.

Rápidamente el clamor de “¡Sáquenla!” se intensifica. Medios de comunicación rodean a la joven mientras continua el bullicio de una multitud encolerizada, “¡Vete a la verga de aquí!”, expone un hombre con camiseta de la selección mexicana, mientras detrás de los reporteros otra persona intenta asestar un golpe a la chica.

“¡Lárgate perra!”, le grita alguien más con furia mientras una mujer de avanzada edad “retira” a la chica del lugar. La tensión sigue por minutos, mientras con desesperación la joven intenta entablar diálogo con algunos integrantes de la manifestación que la han seguido para continuar gritándole.

Tras minutos de alta tensión la policía finalmente interviene y resguardan a la joven, mientras los gritos de “¡Fuera! ¡Fuera!” siguen manifestándose. Tras tomar un respiro, la agredida expresa su sentir de lo sucedido: “Lo que me acaba de pasar no importa, lo que quiero decirles a todos es que tenemos que estudiar la historia, ver todo lo que ha hecho Estados Unidos para desestabilizar a Latinoamérica. ¡No quieren que nos unamos! ¡La gente tiene que saber del Golpe de Estado efectuado en Honduras en 2009 con el apoyo de EEUU!”.

“El único beneficiado de todo esto es Donald Trump”, dice un joven punk con bandera mexicana en mano, simpatizante de la manifestación anti-inmigrantes, mientras avanza de vuelta al monumento.

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Un bowl con papas recién freídas reposa sobre una amplia barra justo al lado de la cafetera. Frente a ellas un par de manos se extienden para solicitar un poco de alimento. En las paredes hay pinturas, dibujos y estantes llenos de libros. Al fondo suena “A mi manera”, de José José. Sobre las mesas y sillones del lugar, integrantes de la comunidad LGTB de la caravana migrante mastican las papas fritas servidas por los voluntarios que sostienen este espacio de lazos solidarios.

El lugar es el Enclave Caracol, un centro comunitario y cultural de enfoque anarquista que desde 2011 se ha integrado al proyecto internacional de “Comida No Bombas”, con el objetivo de recuperar comida desperdiciada por los supermercados para darle de comer a grupos vulnerables.

“El espacio lleva ya 7 años funcionando gracias a cientos de voluntarios, alimentando a indigentes, deportados y a cualquiera que necesita alimento. Toda participación aquí es una muestra de amor hacia el otro. Llueve, truene o relampagueé la comida se sirve a las cinco de la tarde. El movimiento persigue el acceso libre a la comida, partiendo de cuestionarnos cómo habiendo tanta comida en el mundo hay gente que no puede comer”, comenta una de las jóvenes voluntarias del lugar.

Si bien el alimento es el proyecto primordial del enclave, en este lugar también se ofrecen actividades educativas, artísticas y también asesoría legal para migrantes, deportados y demás grupos vulnerables. “Todo funciona como voluntariado, la gente que quiere ayudar viene aquí e imparte talleres, cursos y asesorías de forma gratuita”.

Con la llegada de la Caravana Migrante a Tijuana, Enclave Caracol se dio a la tarea de hacer lo posible para ayudar a los centroamericanos, desde fungir como centro de acopio para dirigir donaciones a los albergues, hasta brindar asesoría legal, atención médica y hasta hospedaje a quienes más lo necesitan.

Sobre las recientes expresiones de xenofobia en Tijuana contra la caravana migrante, uno de los voluntarios del Enclave comenta: “Lo que necesitamos hacer es educar a los mexicanos, porque la violencia sólo lleva a más violencia. Hay gente dispuesta a ayudar y hay gente que se pone en el camino, y está llevando a los migrantes a reaccionar, algunos lo hacen con miedo, algunos huyendo y otros violentamente porque es lo que les están dando. Hay grupos de choque que agreden a migrantes e inclusive a reporteros o voluntarios, que han sido heridos por estar ayudando.

“En todo México ha habido una cálida recepción para la caravana, y los mismos migrantes lo dicen, pero aquí en Tijuana ha habido una respuesta con más odio. A la gente que no está de acuerdo sólo les pediría que no se pongan en el camino, no tienen por qué salir a crear violencia, porque entonces se puede crear una situación de contingencia mucho más difícil de solucionar. Yo los invitaría a que vean cuánta gente está apoyando, yo estoy impresionado del acopio que llega aquí. Ánimo México, sigamos vistiendo a esta caravana de muestras de cariño y afecto”.

Tras emprender una marcha por las avenidas del centro de Tijuana el grupo anti-inmigrante, ahora de aproximadamente trescientas personas, ha llegado a las afueras del albergue donde se encuentran refugiados los centroamericanos. En la calle un cerco policíaco les impide el paso a los manifestantes, pero las expresiones xenofóbicas se intensifican, llegando en múltiples ocasiones a agredir verbal y físicamente a los agentes policíacos.

“¡Fuera hondureños!”, grita un hombre con aliento alcohólico. “Va a haber sangre…”, le dice otro hombre a un joven con la cara tapada, quien momentos después arrojará una botella con agua de horchata contra los manifestantes enfrente de la policía con claras intenciones de encolerizarlos.

Actores clave como éste buscarán en reiteradas ocasiones propiciar acciones violentas, buscando confrontación a la menor oportunidad. Ya sea con gente que se acerca a llevar víveres o con tijuanenses que no están de acuerdo con su discurso de odio contra los migrantes, estas expresiones violentas, más que ser desaprobadas por la multitud, inyectarán más agresión entre varios de los presentes; otros irán optando por mantenerse al margen.

“Aquí hay grupos de choque integrados por adictos de centros de rehabilitación. En Tijuana suelen ser utilizados por el PAN con diferentes fines, por ejemplo para romper movimientos sociales o para crear condiciones de violencia en este tipo de manifestaciones”, comparte un periodista tijuanense. “También están los neonazis…”, dice mientras señala a un grupo alejado de la multitud que conversa en privado. “Si observas con atención verás que muchos de los que ahora están aquí no estuvieron en la congregación de la glorieta ni en la marcha”.

Entre los personajes de esta tarde están figuras como Iván Riebling, quien se presenta a sí mismo como defensor de los derechos humanos y se autoproclama autodefensa internacional. Hace unos días compartió el siguiente mensaje por sus redes sociales, en donde tiene miles de seguidores:

“Convoco a los carteles mexicanos a unirse a esta causa y proteger sus plazas, y a las familias mexicanas a defender nuestra patria que es México, ya que las autoridades no hacen nada al respecto, ni siquiera las autoridades de migración se han tomado la tarea para revisar los albergues fichar a los criminales y deportarlos inmediatamente.

“Ya que esto es un problema de seguridad nacional, y no se trata de una migración sana común y corriente sino de 30,000 mil invasores que están por entrar a nuestro país, los cuales en sus filas se encuentran maras salva-truchas asesinos que vienen armados y vienen asaltando y robando comercios y personas a su paso. De la misma manera tenemos conocimiento qué hay personas de otros países del medio oriente grupos islámicos, grupo radicales terroristas. Los convoco a hacer detenciones ciudadanas. Esta gente que viene no es buena”.

Tras decir algunos discursos el presunto activista se toma fotos con algunos de los presentes como la haría un famoso de Hollywood; la idolatría de la gente hacia el personaje es impresionante.

“Están reclutando gente”, continúa otro reportero local, comentando sobre los grupos radicales infiltrados en la manifestación. “Hoy no van a conseguir traspasar el cerco policíaco, pero van a jalar gente para seguir llenándola de odio”.

Un dato clave para la comprensión de estas muestras de rechazo y violencia contra los migrantes lo compartirá el académico Juan Manuel Ávalos, quien tras conversar con varios de los participantes en esta manifestación afirmará que “en este acto hay perspectivas distintas. Una de ellas es un reclamo dirigido al gobierno, de que brilla por su ausencia, y por otro lado hay expresiones que, desde perspectivas precarias, identifican que la llegada de una caravana implica destinar recursos para su apoyo que los descobija (en términos de sus necesidades), y desde ahí reproducen el mismo discurso de odio y rechazo fundado en estereotipos y xenofobia: los migrantes son delincuentes, son provocadores”.

“Me parece que hay mucha desinformación, sus referencias son manipuladas para generar odio, parten mucho de estigmas y discriminación, no en todos los casos ven que son expresiones de fobia, de temor al otro, que lo construyen como amenaza”.

Otros datos para entender el fenómeno migratorio serán aportados días después por investigadores del Colegio de la Frontera Norte (Colef) en un Foro convocado para analizar la Caravana Migrante, entre ellos los siguientes: Cada año transitan por México 300,000 centroamericanos en dirección a EEUU, si bien en esta ocasión viajaron en caravanas por razones de seguridad; Los países centroamericanos padecen, en promedio, cinco veces la violencia que se vive en México; El 0.01% de los migrantes que atraviesan México provienen de Centroamérica; 10,000 migrantes de Centroamérica sólo representaría el 2% del total de migrantes que en un año atraviesan México con dirección a Estados Unidos; anualmente entre 50 y 60 mil hondureños cruzan la frontera sur de México para intentar cruzar a Estados Unidos; México tiene 24 millones de personas en Estados Unidos.

A las afueras de la Unidad Deportiva Benito Juárez la tensión irá bajando conforme el sol se vaya ocultando. En cierto momento una señora de la tercera edad pasará caminando a unos metros de los manifestantes con su nieto de la mano. “¿Qué hacen abu?”, preguntará el niño. “Son gente ignorante, gente ignorante, que no piensa…”, dirá la abuela sin detener el paso.

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Un bebé llora en los brazos de su padre en una colchoneta naranja sobre la tierra. En el centro del campo de la Unidad Deportiva Benito Juárez un par de jóvenes patean un balón rojo mientras el sol comienza a descender; se prevé una noche fría.

Un rápido recorrido por la estancia basta para reconocer las malas circunstancias en las que se encuentran hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, cortesía de la mediocre administración del gobierno municipal de Tijuana presidido por Juan Manuel Gastélum, alias “El Patas”.

Así lo corrobora Melva Adriana Olvera Rodríguez, Presidenta de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Baja California, en su visita al albergue migrante: “Advertimos desde la llegada de la Caravana a Ciudad de México que Baja California tenía que prepararse para brindar ayuda humanitaria, porque si bien la caravana pasó semanas en otros estados, éste era su destino. Si bien emitimos medidas cautelares, solicitamos a autoridades estatales y municipales que se prepararan; hasta el momento es claro que las acciones han sido insuficientes”.

Un joven entusiasta con camiseta de la selección mexicana anuncia que vende cigarros, “baratos, baratos”, exclama con actitud enérgica. Por el otro extremo de la cancha una mujer regala manzanas rojas a quien tenga hambre. Cerca de la entrada un adolescente altanero pasa y dice “yo soy el mero-mero de la caravana”. Cualquiera que visite este albergue sacará una conclusión: el mosaico migrante es mucho más diverso que la imagen que los medios han tratado de homogeneizar.

“No todos nos conocemos, hay gente que viene de diferentes barrios y hasta de diferentes partes de Honduras, por eso hay algunos que no se comportan bien”, comenta Cristina, una de las 1,800 migrantes centroamericanos actualmente en Tijuana. “Lo único que queremos es paz…”, agrega mientras termina de peinar a su hija.

Cristina de Barrios tiene el color del sol en su piel. En su rostro lleva una máscara de maquillaje que brilla con la luz de las cuatro de la tarde. De sus orejas cuelgan un par de pequeños aretes dorados, regalos de su madre. Baja de estatura, con camiseta de rayas negro con blanca, confiesa que lo que más le gusta hacer es cocinar. Con 44 años de edad y originaria del centro de Guatemala, tiene tres hijos, dos varones y la nena que viene con ella; a su esposo lo mataron hace meses por negarse a ser extorsionado por el crimen organizado.

“Me encanta cocinar, para mí es lo más importante, es mi especialidad. Me encantaría abrir un restaurant en EEUU, o trabajar como mesera o ayudante de cocina, ganar bonito. Mi plato típico favorito son los frijolitos con crema y arroz, es la cosa más rica. Los guisados también, carnita o pollo guisado”.

Contrario a la versión que se ha extendido por redes sociales —sobre la migración centroamericana siendo presuntamente organizada con fines políticos—, Cristina comparte que en un principio la caravana estaba conformada por 200 familias, pero tras un intento de desprestigio que incluyó su difusión por televisión nacional, ésta se hizo más grande.

Sobre su recorrido por México, la hondureña comenta que ha encontrado maravillas en este país: “Me han dolido los pies como nunca, pero he disfrutado mucho el paisaje. En su mayoría nos han tratado muy bien. Entiendo a la gente que se ofende, lo están viendo como que gente extraña viene a tu colonia y da miedo, pero no somos gente mala, pienso que son personas a las que les están metiendo ideas de otros países, por ejemplo EEUU, que es el principal opositor. Pienso que son personas hasta pagadas…”.

Cristina fue una de las migrantes que estuvo presente la noche del 14 de noviembre en Playas de Tijuana, cuando hubo agresiones físicas y verbales contra los recién llegados migrantes. “En aquella ocasión nos empezaron a decir basura, perros, fuera, no los queremos acá, son unos mendigos…, entonces ellos dijeron que no les importaban ni los niños, y empezaron a tirar piedras, palos y botellas de agua (que eran nuestras, que nos ha costado conseguir). Yo entiendo el enojo porque hay unos que hacen relajo o no son bien educados, y por unos pagan todos.

“Esa experiencia es la única que duele, no por nosotros los mayores, porque desde que salimos sabíamos los riesgos, pero no lo comparto por los niños, muchos niños decían ¿porque nos dicen perros si no somos perros?, ¿por qué nos dicen méndigos?, entonces psicológicamente fueron agredidos varios niños. A mi niña casi la golpean con una botella, nosotras por suerte alcanzamos a subir al último bus, pero todavía siguieron, decían denle vuelta al bus, rocíen el bus, peguémosle fuego al bus; nosotros rogamos a Dios que nos ayudara.

Cristina concluye su testimonio afirmando que no ha perdido la esperanza: “Yo como ser humano y como persona con valores cristianos, le pido a Dios que les toque el corazón a quienes difunden tanto odio, no por mí, sino por muchos niños. Trump lo que quiere es que se arme una guerra. En nombre de todos los que estamos acá, yo sí pido una disculpa por todas las molestias”.

Ruth Sarahí, hija de Cristina, es una niña de mirada preciosa: sus ojos color avellana y su sonrisa sincera encierran una inocencia que por suerte no se ha evaporado a pesar de su difícil travesía por México. La pequeña dice extrañar mucho a su familia y a su mejor amigo “Yordi”, quien le hace mucha falta. Con risas infantiles comenta que de grande quiere ser policía, “para salvar a las personas”.

“El viaje en la caravana estuvo divertido porque conocí lugares bien bonitos de México, como Chiapas, o aquí en Tijuana”, comenta la pequeña. “Si pudiera decirle algo a los mexicanos, les diría que son muy buenos y gracias por apoyarnos, muchas gracias por todo lo que han hecho por nosotros”.

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https://www.somoselmedio.com/2018/11/21/lo-unico-que-queremos-es-paz-cronicas-de-odio-y-solidaridad-frente-a-la-caravana-migrante-en-tijuana/