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Cientos de migrantes se enfrentan con la Guardia Nacional mexicana tras cruzar el río Suchiate

Los centroamericanos intentan cruzar la frontera ante la falta de respuesta de López Obrador al pedido de que se les deje transitar hacia Estados Unidos


Agentes mexicanos impiden la entrada de migrantes en la frontera, entre Guatemala y México. En video, agentes migratorios detienen migrantes en las carreteras de Tabasco (México). FOTO: REUTERS (JOSÉ CABEZAS) I VIDEO: AFP)

Pablo Ferri/ EL PAÍS

Cientos de migrantes han tratado de cruzar a México este lunes por el río Suchiate, en Chiapas, en una acción desesperada por continuar su camino al norte. A la vez, cientos de elementos de la Guardia Nacional mexicana se han desplegado por la orilla del río, conformando un muro humano, evitando el paso de los migrantes. En los caminos cercanos al río, migrantes y militares han chocado, incluso se han tirado piedras. Pasado el mediodía, los migrantes recuperaban fuerzas en el río, poco caudaloso en esta época del año. Enfrente tienen un dilema: se dan la vuelta o pasan a México por el puesto fronterizo. Si eligen la segunda opción, saben que la deportación es más que probable.

El cruce por el río ilustra la frustración de los migrantes. Más de 2.000 llegaron a esta frontera el sábado, como parte de la última caravana centroamericana, la primera que se organiza este año. La caravana salió el miércoles pasado de San Pedro Sula, en Honduras. Unos eligieron una ruta algo más al norte, por El Ceibo, que conduce al Estado de Tabasco. Otros tomaron el camino habitual, que les llevó a Tecún Umán y al Suchiate, límite natural entre Guatemala y México. Cuando llegaron al río, la intención era seguir subiendo, llegar a Estados Unidos, pero la frontera les ha recibido con ambigüedad.

México ha desactivado la última caravana migrante a base de cansancio. Su burocracia la ha fagocitado. De los dos grandes grupos de ciudadanos hondureños que llegaron a la frontera, uno, el de El Ceibo, ya no existe. Eran más de 1.000 y la mayoría aceptó la oferta del Gobierno mexicano, una oferta sin condiciones claras, que ha acabado por ser una deportación encubierta. El otro, el de Tecún Umán, ha aguantado a duras penas. Muchos eligieron pasar por el puesto fronterizo. Otros se han decantado por el río.

La frontera sur de México ha cambiado mucho en pocos años. La imagen de enormes masas de gente esperando ante fronteras cerradas se ha mudado varios miles de kilómetros al sur, al embudo que separa México de Centroamérica. En los últimos seis meses, Estados Unidos ha firmado acuerdos con sus vecinos que, en la práctica, aleja el flujo migratorio de sus puertas. Lo detiene, lo retrasa, lo desespera. Más allá del tándem que han formado el Instituto Nacional de Migración, INM y la Guardia Nacional en el sur, México ha desarrollado una estrategia basada en el silencio y los hechos consumados. La consecuencia es obvia para los migrantes: cuando uno está cansado y le dicen que ya va a pasar, se alegra y se llena de ansiedad. Cuando le dicen que se suba a un autobús, se sube.

Desde el sábado corría el rumor en El Ceibo de que los permisos de entrada que estaba dando el Gobierno mexicano no eran más que deportaciones disfrazadas. A última hora de la tarde, cientos de hombres todavía esperaban su turno para pasar. Las mujeres y los niños ya habían cruzado. Algunos murmuraban, “¿no nos irán a deportar?” Pero nada hacía pensar eso. Cuando los portavoces oficiosos de la caravana iban y volvían del portón de la garita fronteriza, la información era otra: les iban a dar trabajo. De hecho mencionaban una cifra, 4.000 empleos, que el mismo presidente de México había mencionado un día antes. Así lo había dicho Andrés Manuel López Obrador, había 4.000 empleos para los migrantes en México. “Todo el mundo merece una oportunidad”, decía Wilfredo Murillo, de 31 años, oriundo de Comayagua, Honduras. Mientras lo decía, Murillo parecía esforzarse en creerlo.

Por la mañana, la señora María Elena Cárcamo, 53 años, vecina de Tegucigalpa, la capital de Honduras, decía: “Voy para Monterrey porque tengo familia allí, pero ahora escucho que nos van a dar trabajo en Tabasco”. La señora Cárcamo cruzaría la frontera horas más tarde. Subiría a uno de los autobuses blancos del Instituto Nacional de Migración mexicano, rumbo a Villahermosa, la capital de Tabasco. La señora Cárcamo desconocía qué sería de ella, pero no pensaba que la fueran a deportar. No tiene teléfono ni manera de comunicarse con nadie. Quizá por Facebook, si en una de esas consigue conectarse a internet. Es probable que nunca llegue a Monterrey.

El domingo por la tarde, el Instituto Nacional de Migración, INM, difundió un comunicado en que desvelaba finalmente sus cartas. El texto decía que entre el sábado y el domingo había “recibido” a 1.087 personas. Y que “en la mayoría de los casos (…) se procederá al retorno asistido a sus países”. Esto es, a deportarlos. El comunicado seguía: “A quienes se internaron ayer por los puertos fronterizos de El Ceibo en Tabasco y Ciudad Hidalgo (Tecún Umán) en Chiapas, se les dio información acerca de los programas gubernamentales “Sembrando Vida” y “Jóvenes Construyendo el Futuro” que se aplican en esta región, incluidos en sus países de origen”.

Es decir que sí se les ofrecía trabajo, pero en sus países de origen, de donde huían por la falta misma de trabajo, por los puestos de empleo mal remunerados, de condiciones abusivas, por la violencia y la extorsión.

El drama de esta epopeya moderna es que el objetivo no es volver a casa, es tratar de no volver. Y muchas veces, los migrantes vuelven. Les devuelven. Lo peor es que ahora todo parece un engaño porque México ocultó sus intenciones. De haberlas sabido, muchos habrían optado por cruzar la montaña por su cuenta. O el río, en el caso del cruce de Tecún Umán a Ciudad Hidalgo.

De los pocos que lo hicieron desde El Ceibo, muchos han acabado igualmente en manos del INM. Este domingo, media docena de camionetas del instituto recorría la carretera entre El Ceibo y Tenosique, la primera población más o menos grande que aparece de este lado de la frontera. Es una carretera de 55 kilómetros y los migrantes entraban y salían de la pista al ritmo del paso vehicular. Cuando veían una camioneta, echaban a correr para evitar a los agentes.

Parecía una versión caricaturesca del juego del gato y el ratón, una distorsión macabra. Las camionetas marchaban con la puerta abierta, los agentes veían a los migrantes, que dejaban el asfalto corriendo, las camionetas se paraban, ocupando toda la carretera. Los agentes salían a perseguirlos… Después del mediodía ya no se veía a nadie.

La imagen contrasta con la del puente de Tecún Umán este lunes. A diferencia de la respuesta de la Guardia Nacional en el Suchiate, los agentes de migración no querían ser vistos. Evitaban las cámaras de los reporteros y tomaban de nuevo carretera, en busca de otro grupo de migrantes. De alguna manera ambas imágenes condensan la ambigüedad del mensaje del Gobierno mexicano a la última caravana: hazme caso y lo más probable es que te deporte. No me hagas caso y lo más seguro es que te deporte también.

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