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La amenaza de los tiraderos clandestinos de sargazo (Quintana Roo)

Toneladas de sargazo terminan en tiraderos clandestinos que, por no contar con las medidas necesarias, ponen en peligro el medio ambiente. Hasta ahora, ninguna instancia de gobierno atiende este problema que atenta contra el mar, ríos subterráneos, arenales, fauna marina y a los arrecifes de corales. Es una catástrofe, denuncian académicas

Texto: Ricardo Hernández

Fotos: Cecilia Suárez

CANCÚN, QUINTANA ROO.- Frida barre el sargazo que recala en la playa, lo junta y llena –pala a pala– la carretilla que se lleva a vaciar –pala a pala– al camión que está 30 metros atrás. Se acerca el verano, el termómetro marca 31 grados centígrados en el ambiente y una sensación térmica de más de 35. La mujer de 40 años de edad no para.

Frida Luna, madre soltera y trabajadora de Servicios Públicos del Ayuntamiento de Puerto Morelos, un pequeño municipio de Quintana Roo, rellena unas 40 carretillas de sargazo por día: cerca de 3 mil 500 kilos diarios recolectados de forma manual, por 4 mil 800 pesos al mes.

—¿A dónde llevan las toneladas que recolectan?

—A los sitios de disposición final— Responde Alfredo Arellano, secretario de Medio Ambiente de Quintana Roo.

—¿Cuentan estos con medidas de protección medioambiental?

—No.

—¿Dónde se ubican?

Dejó de responder. Aunque no se pudieron localizar los sitios “oficiales”, sí se hallaron, en cambio, tiraderos clandestinos –sobre zonas selváticas de captación pluvial–, que, al no estar regulados, ponen en inminente peligro al medio ambiente, específicamente, al mar, ríos subterráneos, arenales, fauna marina y a los arrecifes de corales.

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La superficie promedio de la “isla de sargazo” fue de 50 kilómetros cuadrados entre 2011 y 2017, pero, en 2018 multiplicó su tamaño en 56 veces, hasta medir el doble de la Ciudad de México. Por ahora, abarca 787 kilómetros cuadrados, según la Universidad del Sur de Florida y la NASA.

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El sargazo es una macroalga que se origina en las costas de Brasil, se reproduce a velocidad de vértigo, codicioso avanza por el Atlántico, hacia el norte, hasta llegar al Caribe mexicano. Una plaga que ha causado estragos medioambientales superlativos, más en los lugares donde escurre y filtra.

En 2015 se registró el primer arribo masivo a México, a Quintana Roo. 2018 fue el peor: 168 mil toneladas recolectadas de las costas del estado.

Como medida de emergencia, el gobierno habilitó siete espacios de disposición final para su almacenamiento. Ninguno cumplÍa con las medidas de protección al medio ambiente. “Era un plan emergente”, justificó el secretario de Medio Ambiente.

Entonces fue un imprevisto, pero llegó 2019.

Nadie, ni la federación, ni el estado, ni los municipios, etiquetaron recursos para el combate al sargazo, pese a las advertencias de la academia: la plaga volverá y habrá que estar mejor preparados con almacenes con capas protectoras, a fin de evitar la infiltración de lixiviados al manto freático; de amonio, nitrógeno, fósforo, arsénico y ácido sulfhídrico –generados tras la descomposición de la macroalga–, así como de los metales pesados –plomo e incluso oro– que acarrea en su travesía oceánica; sustancias que contaminan los ríos subterráneos, mares, arenales; que matan los corales, así como la fauna y pastos marinos.

No obstante, este año redujeron, de siete a cinco, los espacios a disposición final. Puerto Morelos lo mantuvo. En él tendrían que estar los 800 mil metros cúbicos recolectados el año pasado y lo acumulado del presente. No es así.

A falta de regulación, vigilancia y sanciones, comenzaron a tirarlo por doquier. Y decidieron que en la Ruta de los Cenotes sería buen destino: escondido: muy práctico para salir impune de un delito medioambiental.

El no tirarlo en los sitios autorizados violenta los lineamientos federales sobre el tema, estipulados desde 2015 por la Semarnat.


Filtración de agua contaminada

La Ruta de los Cenotes es un camino de 35 kilómetros de decenas de depósitos de agua manantial, que conforman una compleja red fluvial subterránea, interconectada con otras más de toda la Península de Yucatán, nutrida por la filtración del agua de lluvia y de donde se abastece de líquido dulce la población del municipio.

Es a uno de los costados del camino, a cuatro kilómetros de distancia de la costa, donde Grupo Dakatso desecha 30 toneladas diarias de la macroalga, aproximadamente. Lo depositan entre la selva tupida. Es uno los tres tiraderos clandestinos que registrados en el municipio.

—¿Son ellos!” —dice, sorprendida, casi que enojada, Rosa Rodríguez-Martínez, investigadora del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM.

—Sí.

—¡Si ellos también participan en las reuniones del Protocolo Puerto Morelos! —una estrategia ambientalmente amable y funcional, ideada durante meses entre científicos, hoteleros, autoridades y demás empresarios, como los de Dakatso— ¡No puede ser!

El giro comercial de Dakatso, de acuerdo con su acta constitutiva, es la hojalatería, pintura y mecánica automotriz. A Dakatso le concedieron un contrato en 2018 por 13 millones de pesos para que, en tres meses, removiera el sargazo de las costas de Playa del Carmen y lo contuviera en el mar con un sistema de boyado, que nunca instaló completo. Fracasó. No obstante, lo invitaron a las reuniones del para elaborar, en conjunto y de manera plural, el “Protocolo”.

En 2019 fue el municipio vecino de Puerto Morelos le otorgó un nuevo contrato, por ocho meses, para lo mismo. Las barreras que no instaló antes, ahora las colocará en este pequeño pueblo pesquero. Esta vez incluyeron una embarcación que recolecta la macroalga que flota en el mar. Lo que no contempla el acuerdo millonario es un lugar de depósito definitivo.

Para ahorrarse la geomembrana (lámina impermeabilizante), optaron por tirarlo en zonas de captación pluvial; para robarse los 400 pesos que cada hotelero paga por llevarse lo acumulado al sitio oficial, lo apilan en la selva; con esto contaminan uno de los sistemas fluviales más importantes de la entidad.

“El sargazo se va secando y se va haciendo un polvo, y cuando llueve, pues todo se filtra y llega al acuífero. Todas esas sustancias tóxicas que te digo se van al acuífero y luego van a llegar al mar, y eso, a su vez, va a ayudar a que haya más sargazo”, explica la científica.

Las consecuencias, prosigue, es la eutroficación del mar: proceso de alteración química del agua, causado por una excesiva acumulación de nutrientes, lo cual está matando a los arrecifes de corales.

Muerte de corales

En uno de sus habituales viajes submarinos, en mayo de 2018, excursionistas de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) notaron algo fuera de lo común: unas pequeñas manchas blancas desperdigadas sobre algunos corales, ubicados frente a las costas de Quintana Roo.

“No sabía que era”, reconoce, aún con espanto, María del Carmen García, una de las excursionistas, presidenta del Parque Nacional Arrecife de Puerto Morelos, responsable del lugar donde encontraron las pequeñas manchas. No sabía que era el inicio de una enfermedad que, en menos de un año, acabaría con la vida del 30 por ciento del segundo sistema arrecifal más importante del mundo, según el censo más reciente que ella misma realizó.

Al ser un fenómeno inédito en México, reciente y poco estudiado, aún no se encuentran las causas, cuenta María del Carmen, aunque sí hay dos indicios: 40 años de verter aguas residuales al mar y el arribo masivo del sargazo.

El primero proviene de los complejos hoteleros siempre ocupados, el otro, de una “isla flotante” en el Atlántico.

De la inmensa “isla del sargazo” se desprenden racimos que las corrientes marinas conducen al Caribe mexicano; racimos de hasta 50 kilómetros de extensión, de los que salen otros más pequeños que llegan, ininterrumpidamente y por tandas, a las costas de todo Quintana Roo.

“De las 6 de la mañana, a ahorita que es las 11, hemos limpiado tres veces todo este tramo, todo”, dice Frida Luna, de piel tostada, manos callosas, de ojos vidriosos y con derrame, “y si usted se da cuenta, pareciera que no lo hubiéramos hecho”.

A Frida, que repite la operación ocho horas al día, seis días a la semana, no le resulta tan extraño la pérdida de 15 kilos que sufrió en el año que lleva de recolectora. Antes trabajaba como secretaria, también en el Ayuntamiento, pero no quiso vender su voto. Infausto y soviético escarnio le propinaron.

“Si andas muy cansada, te haces 30, pero copeteadas. Y cuando hay mucho, tú mismo barres, llenas la carretilla y la vacías en el camión”, relata, sin dejar de apoyarse en el rastrillo que usa para limpiar la playa.

En 2018 y principios de 2019 lo común era apilar o sepultar el material colectado por los sargaceros en las costas para que allí se descompusiera. Altos montículos de sargazo podían verse sobre las playas de todo Quintana Roo. Al dejarlo descomponer, ahí, las sustancias contaminantes terminaron en el mar.

El primer estudio científico sobre la calidad del agua de mar, coordinado por la UNAM, evidenció las altas concentraciones de amonio, nitrógeno, fósforo y ácido sulfhídrico: un cóctel letal para los corales.

Una vez que los corales adquieren la enfermedad del “síndrome blanco”, como ha sido nombrada, mueren en cuestión de semanas. El sargazo consume su tejido hasta dejarlos desnudos, en el puro esqueleto.

La combinación de las sustancias, me explica María del Carmen, genera condiciones hipóxicas –de poco oxígeno– y sin oxígeno no es posible la vida. Lo que no acaba de permear entre la sociedad, prosigue, es que, sin arrecifes, también se acaba la vida, al menos para las 100 mil especies que dependen de ellos.

Además, la eutroficación (aumento de nutrientes por exceso de sargazo) incentiva la proliferación de otro tipo de algas que ahora crecen sobre los corales.

“Lo que va a pasar es que vamos a tener, no ahora, pero sí en un futuro, un arrecife de algas, y no de corales”, advierte la especialista.

Si por María del Carmen fuera, harían muchas más pruebas científicas a fin de dar con las causas de la enfermedad, aplicarían el doble de medicamento y apremiaría el nuevo censo, pero el recorte de 157 millones de pesos que el gobierno federal le impuso a la Conanp lo dificulta.

Perjuicio a tortugas

Lo cuenta y parece el mejor método de concientización. Al encargado de instalar en el mar el sistema de boyado anti-sargazo lo enfundaron en el chaleco salvavidas. “A ver, intenta sumergirte y pasar por debajo de la barrera”, le indicaron. Brazadas y pataleos inútiles. No pudo. “Es lo que le pasa a las tortugas recién deshovadas”, lanza, a modo de moraleja, Gisela Maldonado, vicepresidenta del Grupo Tortuguero del Caribe.

No hay una afectación directa hacia las tortugas por el sargazo, dice, pero sí por los diferentes métodos de limpieza o de su contención en el mar.

Si se colocan barreras flotantes en el mar, con redes, para evitar que los racimos recalen en la costa, le obstruye el paso al animal.

Si la limpieza es por tierra, también puede afectar, tal como pasó el pasado 22 de mayo. En Tulum, una retroexcavadora que removía el sargazo, pasó a centímetros y por el rededor de un nido de tortuga, una especie en peligro de extinción.

“El nido estaba balizado –señalizado y delimitado– y aún así la maquinaria pesada pasó, aunque no encima, sí le generó vibración y sufrió compresión”, acusó Gisela.

Cuando la arena se comprime, ninguna otra tortuga será capaz de excavar los suficiente para desovar, menos para salir del nido.

Por los hechos ya se tramita una denuncia ante la Profepa.

Y si la limpieza no se realiza, también impacta. El año pasado, por no remover las toneladas de la macroalga que se acumularon a un costado de un corral de anidamiento, en una playa de Puerto Morelos, los huevos de entre diez y quince nidos se cocieron a causa de las altas temperaturas generadas por la descomposición de la macroalga.

“Este es un clásico dilema de un filósofo griego: hagas lo que hagas, va a afectar. Si no limpias, afectas el turismo; si limpias, puedes afectar a la tortuga”, dice.

Y añade: “Somos los vecinos incómodos, pero es mi trabajo, las tenemos que proteger porque, además, hay una Norma Oficial que las protege. No estoy en contra de la limpieza. Sé que tienen que limpiar porque, si no, se va el turismo, pero exijo que se realice de una mejor manera”.

Otra afectaciones indirecta es que el sargazo acaba con el pasto marino –alimento de la tortuga verde– y con moluscos, que son alimento de la tortuga caguama.

“Las estrellas del mar, que están en el fondo, al perder estos pastos marinos, de los que ellas se alimentan, empiezan a morir, y estás son parte de la dieta de la tortuga caguama, lo mismo que el caracol rosado, que crece sobre el pasto marino. Entonces, si se pierde el pasto marino, el caracol se queda sin alimento. Si el caracol se queda sin alimento, la tortuga también. Es una cadenita”, expone.

En Quintana Roo habitan cuatro especies de tortuga: laud, verde, caguama y carey; hay 50 campamentos que las procuran.

“ Todas las tortugas marinas de México, las que llegan a aguas mexicanas, tanto en el Pacífico como en el Atlántico, Golfo de México y Mar Caribe, todas, absolutamente todas, están en peligro de extinción”, advierte.

Era mayo, finales. Era mayo y la temporada de lluvias comenzaba. Llovía ligero sobre Puerto Morelos. La búsqueda era por tiraderos clandestinos de sargazo. Era secreto a voces, nada documentado… Y ahí estaban, el primero, el segundo y luego el tercero. Miles de toneladas de esa plaga marina amontonada sobre zonas selváticas de captación pluvial. Era mayo, llovía y la idea de que el agua se filtrará al manto freático agua cargada de sustancias tóxicas emanadas del sargazo, ronda. Cuando acabe el verano, los mares y aguas de Quintana Roo estarán saturadas de contaminantes. Tal vez para entonces estará muerto el 50 por ciento de sistema arrecifal, otro tanto de pasto marino y algunas tortugas.

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