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Trabajadores cañeros, entre la pobreza y el coronavirus (Colima)

Imagen : Diario Avanzada

Heidi de León Gutiérrez / Diario Avanzada

Colima, México, Avanzada (04/05/2020).- En Colima, la pobreza tiene múltiples rostros y uno de ellos es el de los  hombres y mujeres cortadores de caña en el municipio de Cuauhtémoc, que trabajan en condiciones precarias, en un clima intenso y sin protección para evitar contagios por el coronavirus.

Llegaron a finales del año pasado al estado de Colima, provenientes de Guerrero y Veracruz, principalmente, en busca del trabajo que les permita mejorar las condiciones de vida de sus familias, y alejarse de la violencia que se vive en sus tierras por la disputa entre carteles del narcotráfico.

Sin hombres, mujeres y niños que trabajan de lunes a sábado y a veces hasta el domingo, para cortar la caña que se lleva al ingenio de Quesería, en donde se procesa para obtener el azúcar que se comercializa en distintas regiones del país.

A pesar de la emergencia decretada por el COVID-19 en Colima desde el 18 de marzo, no han detenido el trabajo que realizan. A las siete de la mañana inician con sus labores en los campos de caña que se encuentra en la zona norte de la entidad.

Durante casi 12 horas están expuesto a los rayos, del sol, al fuego que les permite quemar la caña para después cortarla, al calor, e incluso, a una serie de peligros, entre ellos, el coronavirus, enfermedad de la que conocen poco.

Sus patrones no les han explicado que hay que lavarse las manos constantemente, que hay que evitar tocarse la cara o incluso, guardar la sana distancia. En las camionetas que los transportan hasta sus lugares de trabajo, lo que menos se respeta es el metro y medio recomendado por la secretaría de Salud para evitar el virus.

Aunque en Colima, los contagios son mínimos en comparación con otras entidades del país,  existen cuatro personas fallecidas a consecuencia del COVID-19, además de cientos de negocios cerrados, y personas resguardadas para evitar el contagio.

Artemia proviene de Chilapa, Guerrero, uno de los municipios más violentos del país. Su lengua materna es el náhuatl  y aunque casi no habla el español, logró entenderse con el mayordomo que los contactó para que se vinieran a trabajar a Colima. Sin embargo, con extrañeza observa a la señora de la tienda que le pide que use un cubrebocas para poder ingresar al establecimiento. Su hijo, quien la acompaña en la compra de los alimentos, responde que no tienen ninguno, y dice que sólo quieren dos carpetas de huevo y un litro de leche.

-¿Ustedes siguen cortando caña todos los días? Se le pregunta al hijo de Artemia, quien asiente con la cabeza.

-¿Les han explicado cómo pueden evitar contagiarse de coronavirus?, se le vuelve  cuestionar y sólo responde que no, mientras recibe los huevos y la leche que acaba de comprar y se retira del lugar.

Artemia y su familia viven en el albergue cañero de El Trapiche, en donde la mayoría de los habitantes  no tienen televisión y algunos ni siquiera radio, si acaso una bocina con memoria donde viene la música que escuchan la mayor parte del tiempo;  no leen los periódicos, aunque los más jóvenes sí tienen celulares y Facebook, pero la falta de internet gratuito les permite entrar con frecuencia para saber qué está ocurriendo en su lugar de origen o en su país.

En el Albergue del Trapiche vive una parte de los cortadores de caña, junto con sus numerosas familias; las pequeñas viviendas que habitan les permiten tener únicamente dos petates para dormir, alguna cama de cemento y la ropa que usan.

La cocina está afuera del cuarto que habitan: al aire libre, y ahí  acomodan un montón de leña, algunas ollas y un comal para calentar la comida. En los campos de caña transcurre la mayor parte de su tiempo, y sólo llegan a sus casas para comer, asearse y dormir y seguir con la misma rutina de siempre.

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