Jornadas “SAMIR SOMOS
TODAS Y TODOS”
COMBO POR LA VIDA: DICIEMBRE
DE RESISTENCIA Y REBELDÍA

Policías de Guanajuato mataron a su hijo, y luego lo inculparon; madre pide escuchen su tragedia

Foto: Miguel Castro, Zona Franca

A tres meses del asesinato de su hijo a manos de policías estatales de Guanajuato, Guadalupe Cayente no tiene ni respuesta ni justicia. En diciembre pasado, Leonardo Reyes salió de sus casa en busca de señal para su celular, pero habría sido atacado a balazos por agentes policiacos.
Tras el homicidio, la Comisionada de Seguridad en Guanajuato, Sophia Huett, declaró que los elementos de las Fuerzas de Seguridad Pública del Estado actuaron “conforme a protocolo”, pues habían sido atacados a balazos por Leonardo, e incluso mencionaron que el joven portaba armas dentro de su camioneta.

Roberto Gutiérrez Torres / Sin Embargo
San Miguel de Allende, Guanajuato, 18 de marzo (Zona Franca/SinEmbargo).– Guadalupe Cayente Moreno, entre el dolor profundo de haber perdido a su hijo y la impotencia por las nulas acciones para que el hecho se esclarezca, clama una sola cosa: justicia. El pasado 12 de diciembre de 2018, Leonardo, el menor de sus hijos, fue asesinado por elementos de las Fuerzas de Seguridad Pública de Guanajuato.

Guadalupe vive en la comunidad Corralejo de Abajo en el municipio de San Miguel de Allende. Su casa es humilde; son tres habitaciones de adobe y una más de tabique rojo, todos con techo de lámina.

La figura de la mujer es pequeña y se ve menguada todavía más por el sufrimiento que padece desde diciembre de 2018. Se cumplen ya 90 días de la muerte de Leo, como le llama su madre.

Corralejo de Abajo es apacible y pequeña, se conforma por cerca de 50 casas, enclavadas en una cañada; a un costado fluye el Río San Marcos.

En ella habitan cerca de 193 personas, muchos de ellos son migrantes como lo fue Leonardo Reyes Cayente, desde los 17 años, por más de cinco años trabajó en Estados Unidos debido a la falta de oportunidad que había en su pueblo.

Guadalupe espera con su dolor a cuestas, con el semblante agobiado pero con coraje suficiente para seguir pidiendo justicia.

Su llanto es visible, las lágrimas corren por su rostro, Guadalupe se sienta para dialogar y responde de inmediato a la pregunta: “¿Cómo está?”.

“En mi vida con mucha tristeza. Haga de cuenta que como si no hubiera pasado nada, no nos han dado una respuesta, como que los encubren, a uno lo ignoran. Somos pobres, vea nuestra casa cómo está, somos pobres, pero no como ellos dicen, somos pobres, pero no es cierto lo que ellos dicen, no con las costumbres que dicen.

La Familia Reyes habita la comunidad Corralejo de Abajo en San Miguel de Allende. Foto: Miguel Castro, Zona Franca.

“Nosotros no estábamos aquí. Teníamos tres días de haber llegado de Estados Unidos, mi hijo manejo desde San Antonio, Texas, hasta aquí. Veníamos mi esposo, él y yo con el gusto de él de llegar a su comunidad como cada año desde que tenía solo 17 años, él traía su camioneta que le costó, que aún la estaba pagando, se la destrozaron, no se vale, no se vale lo que hicieron con mi hijo”, lamenta mientras la vence el llanto.

Guadalupe, con 53 años de edad, su rostro afligido por la tristeza y el llanto como testigo de su dolor pareciera que envejeció prematuramente, insiste en que no entiende lo que pasó.

Unas horas antes, el 12 de diciembre del 2018, Leo había participado en un torneo de futbol y luego había llegado a la casa, por la tarde con un balón que había ganado por su buen desempeño en los partidos.

Más tarde les preparó la cena, señala que estaban todos reunidos. El padre, sus demás hermanos, cuñadas y sobrinos de Leo departiendo en la mesa entre bromas y risas; la madre recuerda que la abrazó con mucho cariño y se dirigió a uno de sus hermanos diciéndole “cuídala hermano, cuídala porque te la gano”, no sabían que era la última vez.

Momentos después, Leonardo avisó a su madre que subiría a la lomita a buscar señal para llamarle por teléfono y presumirle a su novia en Estados Unidos, lo que le había pasado durante el día, “Ahorita vengo mama no tardo voy a buscar señal”, recuerda que le dijo.

Leo subió a su camioneta y quizá por una corazonada su madre quiso detenerlo, “no vayas Leo ya es noche hace frío, mejor mañana temprano vas, quédate Leo”, fueran las últimas palabras que pudo dirigirle su madre en vida a Leonardo.

Arrancó en su camioneta, en cuarto se quedaron tres sobrinos que compartirían la cama con él para dormir.

“Lo querían mucho mis nietos, jugaba con ellos se divertían con él, era un muchacho bueno mi hijo que no hacía mal a nadie al contrario apoyaba a la gente de la comunidad, que también lo quería mucho porque les ayudaba en su tarea, era participativo, era querido mi hijo”, cuenta Guadalupe Cayente.

En el pueblo nunca había pasado nada, la comunidad es pequeña, tranquila, se cuidan unos a otros y se ayudan entre todos. Por eso Guadalupe dormía plácida cuando llegó uno de sus hermanos preguntando por los muchachos “¿Están todos? ¿Esta Leo? “me desperté pensando que pasaría”, relató.

El tío de Leo les contó que había visto policías rodeando una camioneta en la loma donde Leo había ido en búsqueda de señal.

De inmediato la madre pensó en su muchacho, corrió rápido a abrir la habitación de Leo y sólo percibió a los tres niños que se quedaron esperando a su tío. De inmediato se alistaron para salir corriendo hacia el lugar.

Poco antes de llegar, a lo lejos vieron la escena descrita por el tío, y en diversas ocasiones escucharon disparos.

La tranquilidad y paz del pueblo se vieron rotos por el asesinato de uno de su jóvenes a manos de elementos de Policía estatal. Foto: Miguel Castro, Zona Franca.

Arrastrándose entre la hierba ella, su esposo, su hermano, su nuera y otro de sus hijos estuvieron observando desde una distancia prudente, unos por un lado, ella y su nuera por otro.

“Vimos la camioneta de Leo, tiradas en el suelo para que no nos vieran, estaba una patrulla hacia el frente y otra por detrás tenían en medio la camioneta de Leo, decían cosas, puto Reyes, perro, uno dijo ya valió verga, vámonos a retirarnos decían”, relató.

Y continuó: “La camioneta estaba buena, luego ya cuando sacaron las fotos que publicaron los mismos policías, la camioneta estaba deshecha tumbaron un huizache tumbaron un nopal la camioneta estaba entera cuando nosotros la vimos”.

“Movieron la camioneta, en ese momento prendieron las luces de la patrulla y uno grita apaga eso, era de noche no se veía nada estaba oscuro, se escucha la voz de una mujer también policía se reían, empezaron a alumbrar con lámparas y nos retiramos de ahí muertas de miedo creíamos que también nos iban a disparar, nos fuimos de ahí todos con miedo”, recordó la madre.

La familia decidió ir a la cabecera municipal de San Miguel de Allende, con la esperanza de que Leo apareciera en algún hospital, en la cárcel o en algún otro lugar sin embargo no lo encontraron, tampoco encontraron respuestas, la mañana los sorprendió en la entonces Subprocuraduría de Justicia las respuestas tardaron.

“Tuvimos que hablarles a los licenciados ya luego supimos todo lo que la policía decía; que iba con otros dos, que los habían atacado, puras mentiras, nosotros vimos lo que pasaba lo que sucedía ahí, no es cierto lo que ellos dicen, Dios lo sabe nosotros lo sabemos”, afirmó.

Desde entonces, para Guadalupe es todo dolor, sufrimiento, impotencia, coraje, desesperación y desolación, tiene miedo, “si algo me llega a pasar a mí, a mi familia le echo la culpa a ellos, a los policías, ¿a quién más?”, señala.

“Que paguen con cárcel todos los daños causados, mi hijo no era malo, uno sabe lo que tiene en su casa. Mi hijo no tenía necesidad de andar de asaltante de carretera, él trabajaba, él era bueno, ¿dónde están los otros que decían que lo acompañaba? Dicen que fue un enfrentamiento, ¿dónde están los policías heridos? Mentiras, ellos [los policías] hicieron todo, solo ellos”, afirma convencida.

La versión oficial es diferente a la de Guadalupe. Tras el homicidio, la Comisionada de Seguridad en Guanajuato, Sophia Huett, declaró que los elementos de las Fuerzas de Seguridad Pública del Estado actuaron “conforme a protocolo”, pues habían sido atacados a balazos por Leonardo, e incluso mencionaron que el joven portaba armas dentro de su camioneta.

La exigencia de Guadalupe es la misma que le hizo al Gobernador Diego Sinhué cuando lo interceptó en una gira de trabajo en Texas, que se haga justicia y ni ella ni nadie vuelvan a pasar por lo que está pasando.

Y asegura que hasta donde dios le dé licencia, estará de pie luchando hasta lograr justicia, con fe en Dios tener apoyo y fuerza y “tope donde tope”, ella seguirá, lo jura por ella y por su hijo.

De imprevisto se levanta de la silla y trae consigo una fotografía de Leo enmarcada en madera, que ya es el símbolo de su lucha, entre sus manos ha recorrido la entonces Subprocuraduría de Justicia, la Subprocuraduría de los Derechos Humanos, el consulado de los Estados Unidos, todos ellos ubicados en esta ciudad.

La madre y la fotografía se han reunido con diversos funcionarios y personas, busca que la Fiscalía General de la República atraiga el caso, pero nada, son sólo promesas las que ha obtenido.

Solo una se la cumplieron a medias, la devolución de las pertenencias de su hijo, le entregaron su playera, su chamarra y su cartera vacía solo con las identificaciones que traía, sus tarjetas bancarias pero el dinero que contenía alrededor de dos mil dólares y cinco mil pesos mexicanos, no se sabe dónde quedaron.

De vuelta a donde sucedieron los hechos, narra paso a paso lo vivido ese día, el llanto la vuelve a dominar en plena lomita donde Leo salió a buscar señal y ya no volvió a casa con los suyos.

https://www.sinembargo.mx/18-03-2019/3552097