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DE RESISTENCIA Y REBELDÍA

La sequía no solo pone en crisis a la sierra este año, esperan consecuencias graves para 2021 (Chihuahua)

Adriana Esquivel / Raíchali

Chihuahua.- No importa de cuál municipio se trate, la respuesta es la misma: “el maíz se murió”, “el que se logró, nomás pa’ semilla queda”, “a quien le pegó, no le alcanza para la casa, menos para la comunidad”.

Así, en las comunidades indígenas en la Sierra Tarahumara se habla con tristeza de la cosecha que perdieron por la falta de lluvia y advierten que, por la falta de alimento, muchas personas se verán obligadas a migrar para sostener a sus familias.

Sus voces no tienen eco en la guerra por el agua que inició por la presa El Granero en enero. En especial durante los últimos dos meses, cuando los efectos de la sequía fueron más evidentes en el territorio estatal.

En agosto, por ejemplo, en el municipio de Bocoyna era reiterativa la sorpresa de sus pobladores respecto a la falta de hongos y diariamente sumaban el tiempo que llevaban sin lluvias. Se habló, además, de la cantidad de víboras muertas que encontraban en su caminar por los cerros.

Ese mes inició con la noticia de la declaratoria de emergencia que pedía el gobierno de Chihuahua por la sequía y se confirmaba con la preocupación de que, desde el 2012, no habían tenido meses tan secos.

Cuando se le pregunta cómo están las cosas por su pueblo, Meregildo Reyes se lleva lentamente las manos a la cabeza y respira tranquilo: “Se murió casi todo… parecía que se estaba componiendo para el frijol, pero llegó el hielo la semana pasada y también lo mató”.

En Baqueachi, Carichí, de donde él es originario, hay aproximadamente 700 familias que siembran para autoconsumo. El que es bueno para sembrar, platica Meregildo, le alcanza hasta para vender, pero ahora pueden advertir que la mayoría tendrá que salir a trabajar fuera.

La helada que cayó en la última semana de septiembre, tampoco es buena señal porque es considerada negra, es decir, que la temperatura alcanza para matar las plantas, pero sin aportar humedad para la tierra.

El monitor de sequía del Servicio Meteorológico Nacional alertó que, de los 67 municipios de la entidad, 52 presentaban condiciones de condiciones de sequía y en 12, se presentaban condiciones de anormalidad en las lluvias en el periodo de enero a julio.

De ellos, 10 municipios presentan la condición de “anormalmente secos” a partir del mes de marzo y, 9 más, se incorporan a condiciones de sequía a partir de la segunda quincena del mes de junio y durante todo el mes de julio.

La preocupación creció en septiembre, cuando la mayor parte de las cosechas de autoconsumo se perdieron junto con la esperanza que guardaban las comunidades indígenas al inicio de año, cuando vieron en la humedad que dejó el invierno la posibilidad de producir lo necesario para sus familias en el panorama de la contingencia por el Covid-19 que los llamaba a permanecer aislados.

Otro de los impactos económicos y sociales que traerá la sequía, será el aumento de incendios forestales provocado a la falta de humedad y las altas temperaturas que se pronostican para 2021.

Al 15 de septiembre, en la Sierra Tarahumara se etiquetaron en sequía severa a los municipios  de Balleza, Chínipas, Guachochi, Guadalupe y Calvo y Guazaparez. En moderada se encuentran Batopilas, Cusihuiriachi, Urique y Uruachi. En la categoría de anormalmente seco se encuentran Bocoyna, Carichí, Madera, Maguarichi, Moris, Temósachi.

Pero en el discurso oficial, se ha limitado al daño para los productores y agricultores de la región centro-sur del estado que han mantenido su exigencia al gobierno de México de frenar la extracción del agua de las presas para salvar el ciclo del próximo año.

La lucha por el agua almacenada en las presas no le ha hecho justicia a nadie, pero el silencio que guardan los actores políticos que la han encabezado, es una muestra más del abandono histórico en el que se encuentran los habitantes de la Tarahumara.

En la comparecencia que tuvo el gobernador Javier Corral ante el Congreso del Estado, la Sierra tampoco fue tema de discusión, únicamente se mencionó para recordar que en esa zona se cosecha el agua que almacenan las presas.

Además, la falta de humedad y las altas temperaturas ponen en riesgo al bosque al generar condiciones para que aumenten los incendios forestales.

Catalina Motochi es una joven rarámuri que vive en El Pinito, municipio de Urique. Es madre de dos niñas y actualmente trabaja en un proyecto para rescatar el albergue que recibe a niños y niños indígenas de por lo menos 10 comunidades cercanas.

Desde su perspectiva, el próximo año será muy complicado para las familias de esta región ya que, además de tener poca comida, la suspensión de apoyos alimentarios por la contingencia de Covid-19, demanda más ayuda, pues varios de los niños, niñas y adolescentes son alimentados en los centros educativos y albergues.

Si a ello se suma la falta de maíz y frijol en las comunidades, la demanda de alimentos afectará significativamente a la dinámica familiar en varias de las comunidades indígenas, lo que provocará una mayor migración a las regiones de producción agrícola.

De Guachochi a Bocoyna la alerta se repite. Guillermo Palma, integrante de la fundación Construcción de Mundos Alternativos Ronco Robles (Comunarr) advirtió que la emergencia para la Sierra Tarahumara será peor a la 2012.

“Todavía no estamos viendo los alcances de esto. Si de por sí la cosecha no alcanza, aunque estuviera bueno el temporal de lluvia hay que completarlo consiguiendo despensa, la tierra es escasa, es muy deficiente en nutrientes y, ahora, si le sumamos a esta situación de sequía esto se va a poner muy grave y eso afecta mucho a la vida comunitaria”

Externó que el panorama será difícil incluso para las comunidades que han sido autónomas y han logrado construir una soberanía alimentaria, al observar cambios como la falta de hongos en agosto y el aumento de temperaturas entre mayo y agosto.

Cifras de la Secretaría de Desarrollo Rural del estado ya advierten pérdidas de 90 por ciento de la producción de temporal, la cual está conformada por 447 mil hectáreas de maíz, frijol, avena y sorgo forrajero.

En los municipios serranos hay una superficie promedio de 30 mil hectáreas de maíz y frijol, que constituye la fuente principal de la alimentación de las comunidades indígenas y mestizas. La falta de lluvia durante el periodo de polinización del maíz ha provocado que no llene la mazorca completa lo que ocasiona daños en la producción.

El municipio que tiene mayor superficie de siembra es Guachochi con 8 mil 400 hectáreas de maíz en grano sembradas y 910 de frijol, seguido por Bocoyna con 5 mil 157 hectáreas de maíz y 436 de frijol.

En Carichí se sembraron 2 mil 365 hectáreas de maíz y 910 de frijol; mil 124 de maíz y 205 de frijol en Urique, así como 963 de maíz y 274 de frijol en Batopilas.

“Quienes no dependen mucho de la ayuda externa sobre alimentación, me refiero a aquellas (comunidades) que han podido seguir siendo lo que son, lo que queremos ser en el mundo rarámuri, lo van a ver difícil porque no hay agua. Con la pandemia, muchos pensamos en regresar a sembrar la tierra abandonada porque da seguridad, pero no contábamos con que no hay agua”

El daño que traerá la sequía a las comunidades indígenas escala también a su vida comunitaria. Palma explica que, desde su cosmovisión, los rarámuri trabajan juntos para ofrecer su cosecha al Onorúame, dios que los tiene sobre la tierra.

Compartir es una de las bases de las comunidades rarámuri para la supervivencia, ya que todos aportan con su trabajo y su tiempo. Si hay abundancia, es de todos, pero, lo mismo ocurre con la escasez: si una familia logra levantar una buena cosecha y las demás no, se comparte entre todos haciendo fiesta.

Cuando el alimento no alcanza, las familias comienzan a migrar y ahí comienza la fractura de la dinámica en la vida comunitaria ante el abandono de su territorio y, en la mayoría de los casos, de su cultura. Al no tener reuniones, ya no comparten el alimento, la palabra, sus preocupaciones ni la vida.

Sin agua, no es posible sembrar, sin cosecha no hay ofrendas para pedirle por la lluvia, para que haya comida y salud; al cambiar su contexto de vida comunitaria, no hay quien pueda trabajar la tierra, no hay tesgüino, las familias pierden sus tradiciones, su lengua y eso debilita al onorúame.

“Al Onorúame le gusta que le ofrezcamos lo que producimos. No podemos ofrecerle un maíz que no conocemos, no sabemos qué enfermedades trae, no sabemos si fue hecho con la explotación del hombre por el hombre. En cambio, lo que nosotros producimos, eso sí le gusta. Es una relación cíclica. Quien nos tiene sobre la tierra, necesariamente necesita que le demos de beber y comer para que tenga fuerza. Si no lo hacemos así, si no le regresamos lo que nos dio en forma de cosecha, él no va a tener fuerza y por tanto no va a poder mandarnos la lluvia, la nieve, salud, porque nosotros mismos lo hemos debilitado por no regresarle lo que nos ha dejado”

“Nosotros hemos dejado de cumplir. Ese compromiso que tenemos con él. Ya no hacemos danza, olvidamos el idioma, olvidamos la manera de comunicarnos con el territorio, nos vamos olvidando de caminarlo, de transitarlo, de vivirlo, entonces, esa es una explicación muy rarámuri, aunque sabemos que hay factores lejanos… Desde cómo vemos nosotros la realidad, es casi apocalíptica”

En su andar por la Tarahumara, cuenta, nunca había visto un panorama tan adverso e irreversible, pues, aunque los pueblos indígenas en varias partes del mundo han logrado conservar su territorio y recursos naturales, hay factores externos que les impide continuar con su labor.

A pregunta expresa, mencionó que el único camino posible para sobrevivir es fortalecer el sentido comunitario y, a la par, aprovechar elementos occidentales como la escritura para documentar la vida como es ahora y que su cultura no se pierda en el tiempo.

Respecto a las políticas públicas que se han implementado en la Sierra Tarahumara como el programa Sembrando Vida y aquellos programas asistenciales que continúan con la entrega de despensas por parte del Gobierno del Estado, opinó que hace falta que las instituciones entiendan la visión del mundo indígena.

Mencionó que la mayoría de los programas que llegan a las comunidades, tienen un enfoque empresarial que habla de un progreso ajeno a las comunidades, por lo que “programas irán y vendrán, pero si no hay un acercamiento real a la vida y lógica de los pueblos, sólo se continúa con la colonización”

“Si somos expulsados o exterminados por medio de programas, proyectos, la colonización que no ha terminado, se acelera mucho más este apocalipsis, si no existiera un rarámuri habitando un lugar donde hay agua, bosque, animales para cazar, no podría existir la vida”

La sequía no solo pone en crisis a la sierra este año, esperan consecuencias graves para 2021