{"id":51804,"date":"2018-04-22T20:18:05","date_gmt":"2018-04-23T01:18:05","guid":{"rendered":"http:\/\/www.grieta.org.mx\/?p=51804"},"modified":"2020-07-15T20:25:53","modified_gmt":"2020-07-16T01:25:53","slug":"holbox-el-paraiso-que-muere-lentamente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.grieta.org.mx\/index.php\/2018\/04\/22\/holbox-el-paraiso-que-muere-lentamente\/","title":{"rendered":"Holbox, el para\u00edso que muere lentamente"},"content":{"rendered":"<p>Tatiana Maillard y Juan Manuel Coronel \/ Animal Pol\u00edtico<\/p>\n<p>Cada 60 minutos, desde Chiquil\u00e1 parte un ferri hacia la isla de Holbox. El bullicio del puerto ahoga el sonido que hace el papel cuando la mujer encargada de recibir los boletos rasga la orilla de uno m\u00e1s. Doscientos seis, doscientos siete, doscientos ocho boletos se quiebran entre sus dedos, antes de ser devueltos a las manos de la fauna vacacionista. La mujer es joven, su piel est\u00e1 barnizada por una capa lustrosa. Frente a sus ojos rasgados siguen desfilando los recuadros de papel. Doscientos nueve, doscientos diez.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Que ya no vendan m\u00e1s boletos! \u2014le grita preocupada desde la proa otra mujer muy parecida a ella: joven, de estatura peque\u00f1a, cabello negro recogido y gorra ne\u00f3n. Doscientos once. Doscientos doce. La chica asiente, sin dejar de romper boletos. A trav\u00e9s de su walkie talkie, repite la orden de no vender m\u00e1s boletos a los encargados de la taquilla. Los visitantes siguen arribando al puerto de Chiquil\u00e1. Doscientos trece. Doscientos catorce\u2026<\/p>\n<p>Doscientos quince pasajeros abordan el ferri. En las pantallas de los televisores ubicados en ambos lados de la cabina aparece la imagen est\u00e1tica de un mar azul surcado por unas letras gigantes que forman la palabra: BIENVENIDOS. Sobre la imagen se anuncia la capacidad de pasajeros del nav\u00edo: 150 personas.<\/p>\n<p>Hasta antes de la llegada de los ferris no exist\u00edan caminos masivos a las costas de Holbox, por eso durante mucho tiempo se consider\u00f3 esta franja de arena blanca y olas mansas un para\u00edso escondido: la temperatura ambiente es siempre de 30 grados; los flamencos vuelan a ras de la playa; sus atardeceres son postales en Instagram, sus aguas azul turquesa son santuarios de especies marinas como el tibur\u00f3n ballena. Tanta exuberancia est\u00e1 separada de la pen\u00ednsula por la laguna Yalahau, en donde alguna vez se abri\u00f3 una garganta marina profunda a la cual debe su nombre la isla: Holbox significa en maya \u201cagujero negro\u201d.<\/p>\n<p>En 1889, Alice Dixon le Plongeon, fot\u00f3grafa y arque\u00f3loga, visit\u00f3 la isla y la describi\u00f3 como \u201cun pintoresco pueblo ind\u00edgena donde sus habitantes se ganaban la vida capturando tortuga para enviarla a las Honduras Brit\u00e1nicas\u201d. Mucho ha cambiado. La isla ya no es un pueblo que se sustenta por el trabajo de su pesca artesanal. Su vocaci\u00f3n principal es recibir a los pasajeros de los atiborrados ferris.<\/p>\n<p>Hace solo diez a\u00f1os el pueblo consist\u00eda en 20 cuadras trazadas sobre la arena, como si un ni\u00f1o lo hubiera cuadriculado con una vara. Sus casas se constru\u00edan con madera y palma de guano, materiales que daban al pueblo una apariencia r\u00fastica y acogedora. Ahora son m\u00e1s de cien cuadras y la mancha urbana se extiende desde el centro fundacional hasta Punta Cocos.<\/p>\n<p>Desde hace cinco a\u00f1os los poco menos de 1,500 habitantes originales de Holbox han visto incrementarse la infraestructura tur\u00edstica de alto impacto. En temporada alta, este espacio de tan solo 1.5 kil\u00f3metros de ancho y 44 de largo, llega a recibir hasta 18,000 habitantes. Sin embargo, los recursos (agua, drenaje, luz), est\u00e1n contemplados para abastecer a no m\u00e1s de 2,000 personas. A pesar de la intervenci\u00f3n del gobierno, reportes de organizaciones como el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda) y la Asociaci\u00f3n Civil Casa Wayu\u00fa, documentan que el ecosistema, los dep\u00f3sitos de agua subterr\u00e1nea y las especies han sido da\u00f1ados sin remedio por el crecimiento vertiginoso.<\/p>\n<p>En Holbox no solo se erosiona el territorio, sino tambi\u00e9n la memoria. Poco se sabe de su historia. Los registros cronol\u00f3gicos de esta isla que estuvo abandonada m\u00e1s de tres siglos despu\u00e9s de la Conquista est\u00e1n dispersos en un pu\u00f1ado de libros y existen apenas un par de estudios antropol\u00f3gicos sobre la comunidad pesquera. Si uno busca informaci\u00f3n sobre Holbox, lo primero que destacar\u00e1 es la promesa de unas vacaciones de folleto y un centenar de estudios sobre su biodiversidad. Se podr\u00eda decir que se sabe m\u00e1s de las algas de sus mares que de los pobladores que, desde el siglo XIX, habitan la isla.<br \/>\nMEMORIA QUE PERSISTE<\/p>\n<p>Algo tienen los panteones que animan siempre a contar historias. Don Edgardo se siente enfermo, ya no quiere estar ah\u00ed, rodeado de tumbas. Sin embargo, a pesar de la n\u00e1usea y el s\u00fabito dolor de cabeza que acaba de germinar en su sien, contin\u00faa hilando sus recuerdos. Lo primero que sale de su boca es un lamento por la imperceptible distancia que existe entre sus ancestros, que reposan debajo de las l\u00e1pidas, y las bolsas de basura que se erigen como monta\u00f1as f\u00e9tidas a un lado. Las 14 toneladas de desperdicios que llegan diario al Centro de Transferencia Sanitario de la isla han derribado la barda que lo separaba del cementerio. Don Edgardo, mejor conocido en la isla como don Gad\u00edn, vuelve a sentir retortijones y espasmos. El olor de las aguas residuales y la basura han alejado a la poblaci\u00f3n del pante\u00f3n.<\/p>\n<p>Tres generaciones de sus antepasados est\u00e1n aqu\u00ed enterradas. Pescadores de tiburones, recios y longevos que mor\u00edan casi todos con cien a\u00f1os de edad.<\/p>\n<p>\u201cLas madres tiraban nuestros ombligos al mar para augurarnos suerte en la pesca y para que no le tuvi\u00e9ramos miedo al mar\u201d, recuerda don Gad\u00edn con sus 74 a\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00c9l fue la \u00faltima generaci\u00f3n de pescadores que nunca aprendi\u00f3 a nadar. Meterse en el mar era imposible sin salir ileso. Antes de ser ese destino tur\u00edstico de aguas tranquilas, la isla de Holbox era conocida como la isla de los tiburones.<\/p>\n<p>\u201cNo eran los inofensivos tiburones ballena que atraen a los turistas. No. Se trataba de tiburones martillo y tiburones blancos que se acercaban hasta la playa por las carnadas de los pescadores\u201d, rememora don Gad\u00edn, con la boca torcida en un intento de sonrisa.<\/p>\n<p>Los habitantes de Holbox fueron h\u00e1biles cazadores de tiburones que sal\u00edan al mar en embarcaciones de madera llevando \u00fanicamente l\u00edneas y arpones. A su regreso cortaban al tibur\u00f3n en tiras, lo salaban, herv\u00edan los h\u00edgados para extraer el aceite. Posteriormente vend\u00edan todo eso a los barcos cubanos que anclaban cerca de la isla, o bien, a los que iban hacia Puerto Progreso. La pesca de tibur\u00f3n creci\u00f3 durante la Segunda Guerra Mundial por la demanda de aceite, pero cuando se consigui\u00f3 elaborar sint\u00e9ticamente la vitamina A, la venta se desplom\u00f3.<\/p>\n<p>Holbox<\/p>\n<p>Las 14 toneladas de desperdicios que llegan a diario al Centro de Transferencia Sanitaria han derribado la barda que lo separaba del cementerio. Foto: Cuartoscuro.<\/p>\n<p>Entonces ocurri\u00f3 el boom de la langosta en los a\u00f1os 80 y la prosperidad volvi\u00f3 a la isla. Eran la envidia de sus vecinos de Chiquil\u00e1 y otros pueblos del municipio de L\u00e1zaro C\u00e1rdenas, en donde, seg\u00fan el Coneval, el 71 por ciento de la poblaci\u00f3n vive en condici\u00f3n de pobreza. Se dec\u00eda que mientras todos batallaban para comer, en Holbox bastaba con sumergirse en el mar unas horas para conseguir alimento.<\/p>\n<p>Dentro de la isla no circulaba dinero. Los billetes se romp\u00edan de viejos, abandonados, llenos de salitre. Nadie lo necesitaba porque el trueque era la vida diaria. Sal\u00edan a altamar para intercambiar langosta, pargo, peto, jurel, mojarra, guachinango y caz\u00f3n, las principales especies que capturaban seg\u00fan los anuarios de pesca.<\/p>\n<p>En aquellos tiempos, al igual que ahora, conseguir agua bebible en la isla era un reto. No contaban con pipas de tandeo y depend\u00edan del agua de lluvia. En los periodos de carencia, don Gad\u00edn hac\u00eda una expedici\u00f3n con su barco de vela hacia la orilla m\u00e1s cercana en donde una vez existi\u00f3 un ingenio azucarero que se alimentaba de un manantial. Ni el ingenio azucarero ni el manantial existen ya.<\/p>\n<p>Don Gad\u00edn quita bolsas de pl\u00e1stico de las tumbas, pero acaba por rendirse. En la isla ni siquiera conoc\u00edan las bolsas de pl\u00e1stico, recuerda. Ellos usaban hojas de uva y morrales. Ahora est\u00e1n inundados de pl\u00e1stico in\u00fatil.<\/p>\n<p>\u201cResulta sorprendente que todo haya cambiado de un d\u00eda para el otro. Todo fue remplazado por el turismo. Creo que muchos no estaban preparados para eso\u201d, explica abrumado cuando realiza un peque\u00f1o inventario de todo lo que cambi\u00f3 en solo 20 a\u00f1os.<\/p>\n<p>Las nuevas generaciones migran a trabajar como maestros en Canc\u00fan y Playa del Carmen, los \u00fanicos que se quedan son los mayores y los trabajadores eventuales de los hoteles. Poblaci\u00f3n flotante le llaman. De las historias de la isla ya pocos se acuerdan.<\/p>\n<p>\u201cHolbox ten\u00eda un olor a flores, a fresco, a lluvia limpia. Ahora huele a enfermedad. Creo que la destrucci\u00f3n de nuestro pueblo sirve para darnos cuenta de d\u00f3nde estamos y para permitirnos luchar por recuperarlo. Holbox siempre ha tenido el don de defenderse solo. Ya veremos\u201d, dice, y se seca el sudor en medio de ese camposanto que se niega a ser parte del basurero. Don Gad\u00edn escupe saliva amarga. Afuera del cementerio solo reina el silencio.<br \/>\nLA CASA DEL MAPACHE<\/p>\n<p>Toda mudanza es la cr\u00f3nica de un escape y un reencuentro. Una se deshace de golpe de su historia y su pasado, abandona Colombia, toma un avi\u00f3n con destino a M\u00e9xico, construye una empresa de trajes de ba\u00f1o y, de un momento a otro, decide dejarlo todo una vez m\u00e1s y empezar de nuevo en una isla del Caribe. Eso le pas\u00f3 a Morelia Montes.<\/p>\n<p>\u201cLlegu\u00e9 a M\u00e9xico en 1979 con una m\u00e1quina de coser port\u00e1til y un ni\u00f1o de siete a\u00f1os. No conoc\u00eda a nadie, sab\u00eda medio zurcir. Empec\u00e9 a hacer trajes de ba\u00f1o a la medida, encontr\u00e9 un nicho de mercado y me convert\u00ed en dise\u00f1adora. Saqu\u00e9 colecciones para artistas famosas, mis dise\u00f1os estaban en portadas de revistas. Aunque no pod\u00eda salir mi nombre porque yo estaba de ilegal, constitu\u00ed la empresa y se hizo grande\u201d. As\u00ed, Morelia sintetiza la historia de c\u00f3mo creo Bari, una marca de trajes de ba\u00f1o con presencia nacional.<\/p>\n<p>Morelia es una mujer de cuerpo magro, su sonrisa tiene la serenidad que transmiten quienes est\u00e1n satisfechos con el camino que ha tomado su vida. Su casa est\u00e1 enclavada en un terreno amplio donde nada jam\u00e1s parece quedarse quieto. Ni\u00f1os entran y salen, perros con f\u00e9rulas y heridas juguetean en manadas, mapaches rasgan las jaulas para llamar la atenci\u00f3n, gatos ma\u00fallan desde el tejado, guacamayas rojas aletean sobre los \u00e1rboles. Por encima del ruido de esta jungla personal, la voz de Morelia se alza, llamando a sus ayudantes. Su casa es un albergue de animales, el \u00fanico en la isla.<\/p>\n<p>Morelia tiene sus recuerdos bien inventariados. El 24 de julio de 1999 lleg\u00f3 a Holbox a las cuatro de la tarde. Fue a la playa, le pareci\u00f3 hermosa. Me gustar\u00eda vivir aqu\u00ed, dijo. Regres\u00f3 a Colombia solo para hacer la mudanza. Construy\u00f3 su casa cerca de la playa, pero en 2005 el hurac\u00e1n Wilma la destruy\u00f3 con cinco meses de estrenada. Despu\u00e9s puso en marcha un peque\u00f1o hotel, pero no pudo con \u00e9l y lo vendi\u00f3.<\/p>\n<p>Lo que Morelia pens\u00f3 que ser\u00eda su apacible retiro, despu\u00e9s de delegar la responsabilidad de su empresa de bikinis a su hermana, deriv\u00f3 en delinear su raz\u00f3n de ser en la isla. El refugio de animales tiene solo dos a\u00f1os y no ha sido f\u00e1cil mantenerlo.<\/p>\n<p>\u201cAntes daba servicios b\u00e1sicos de medicina animal, porque no hab\u00eda tal cosa en la isla. Pero la gente comenz\u00f3 a traerme fauna silvestre: pel\u00edcanos, serpientes, tortugas, lagartos, de todo. Tuve que aprender, hablando directamente por tel\u00e9fono a los parques para que me instruyeran. Luego consegu\u00ed traer un veterinario. El refugio ha ido creciendo. Hemos llegado a tener 120 animales en este lugar tan peque\u00f1o\u201d, asegura.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os y la gente local est\u00e1n familiarizados con el refugio. Muchos se acercan nada m\u00e1s para ver y saludar a Venancio, un mapache obeso que se ha vuelto popular y es el s\u00edmbolo viviente que Morelia utiliza para evitar que la gente asesine o torture a esta especie que ha dejado los manglares para escudri\u00f1ar entre la basura de los pobladores.<\/p>\n<p>Su refugio busca generar conciencia sobre la forma en que los habitantes conviven con la fauna, vigilar la anidaci\u00f3n de las tortugas, cuidar a los animales dom\u00e9sticos callejeros y evitar que los turistas persigan a los flamencos con la intenci\u00f3n de tomarles una foto. Morelia Montes ha dejado su pa\u00eds y su empresa por este reencuentro, por voltear un minuto al cielo y ver flamencos surcar el azul profundo. Hay mudanzas que duran toda la vida, piensa.<br \/>\nAVES SOBRE CEMENTO<\/p>\n<p>Eduardo Pacheco camina en silencio entre el manglar y la playa con su c\u00e1mara preparada. Con la mirada atenta escudri\u00f1a entre los matorrales y las ramas altas. Su pasi\u00f3n es la observaci\u00f3n de aves. Naci\u00f3 en el lugar indicado para darle rienda suelta.<\/p>\n<p>El \u00c1rea de Protecci\u00f3n de Flora y Fauna Yum Balam, de la que es parte Holbox, fue decretada \u00e1rea natural protegida en 1994. Resguarda 90 por ciento de aves end\u00e9micas de la Pen\u00ednsula de Yucat\u00e1n. Flamencos, \u00e1guilas, halcones, golondrinas de mar, garzas, todas llegan aqu\u00ed. A pesar de eso, no hay un programa de manejo que impida el crecimiento de la mancha urbana sobre \u00e1reas de anidaci\u00f3n de estas especies.<\/p>\n<p>\u201cEn mis caminatas he contado 184 especies diferentes\u201d, dice sin ocultar su orgullo. Desde hace dos a\u00f1os Eduardo ayuda a la Comisi\u00f3n Nacional para el Conocimiento y uso de la Biodiversidad (Conabio) a monitorear la zona. A la par de esta actividad, Eduardo es secretario de la Asociaci\u00f3n de Hoteles de Holbox, quiz\u00e1 la organizaci\u00f3n con m\u00e1s peso pol\u00edtico en la isla. Basta con apuntar que el verano pasado, cuando la Asociaci\u00f3n de Hoteles intent\u00f3 cerrar al turismo el acceso a la isla debido a la falta de servicios, el gobierno estatal inmediatamente se sent\u00f3 a negociar.<\/p>\n<p>Nadie duda del poder de expansi\u00f3n de los empresarios hoteleros en la regi\u00f3n. Hasta 1995 solo exist\u00edan cuatro posadas sencillas que recib\u00edan a viajeros espa\u00f1oles e italianos. Pero, actualmente, en la isla hay 101 hoteles, seg\u00fan datos del INEGI. En 2014, de acuerdo con los indicadores econ\u00f3micos, hab\u00eda 2,530 cuartos de hospedaje en la isla y a la fecha el n\u00famero se ha incrementado hasta el punto de no tener cifras exactas.<\/p>\n<p>Pocos son los hoteleros que se han unido a los programas de sustentabilidad que Eduardo Pacheco est\u00e1 impulsando para que los due\u00f1os de las empresas cuiden el ecosistema. A mediados de 2017, solo 12 hoteles se hab\u00edan unido a este esfuerzo. La cifra no ha aumentado.<\/p>\n<p>Eduardo Pacheco busca un ave peque\u00f1a y de plumaje blanco y sedoso llamada charral m\u00ednimo. Vive solamente en esta isla y anida en Punta Coco, lugar donde ahora la actividad tur\u00edstica y hotelera empieza a propagarse.<\/p>\n<p>\u201cEste a\u00f1o encontramos dos nidos nada m\u00e1s, cuando el a\u00f1o pasado hab\u00eda decenas. Esas especies deben de ser nuestra bandera para demostrar la importancia de esta zona y que se impida la creaci\u00f3n de complejos hoteleros de gran tama\u00f1o\u201d, explica con esa mirada de ojos claros que se ci\u00f1en cuando cree ver un ave entre la maleza.<\/p>\n<p>Si de algo se congratula Eduardo es de haber logrado que el gobierno de Quintana Roo atendiera las problem\u00e1ticas m\u00e1s urgentes de la isla: el colapso del drenaje p\u00fablico, los constantes apagones de electricidad y la falta de agua potable. Pacheco defiende que, antes de procurar el crecimiento de los complejos tur\u00edsticos, es necesario que se atienda la calidad de vida de la poblaci\u00f3n. Solo as\u00ed el ecosistema se salvar\u00eda tambi\u00e9n.<br \/>\nENEMISTAD FAMILIAR<\/p>\n<p>Hay quienes aseguran que vivir en una isla es liberarse de la inmediatez de las redes sociales, el entretenimiento on demand o la tiran\u00eda del horario de oficina. Una isla propicia la relaci\u00f3n espont\u00e1nea con la naturaleza y el reconocimiento completo de la comunidad. As\u00ed era antes en Holbox, o al menos as\u00ed lo recuerda Gamaliel Zapata: esta era una isla de ni\u00f1os que corr\u00edan entre los patios de todas las casas, desnudos bajo la lluvia y que trepaban a las palmeras para bajar cocos.<\/p>\n<p>Hoy, cuando sale de su casa, en vez del manglar y el trinar de las aves, Gamaliel se encuentra con el bullicio de un hotel de cinco estrellas y cuatro pisos de alto, una altura inusual para la isla, como tambi\u00e9n resulta extra\u00f1o el tiempo que tard\u00f3 su construcci\u00f3n: menos de tres meses. Gamaliel descarta siquiera alg\u00fan d\u00eda poder pagar el costo de una habitaci\u00f3n ah\u00ed.<\/p>\n<p>\u201cAqu\u00ed es un pueblo sin ley donde quien tiene dinero hace lo que quiere. Construcciones en \u00e1reas protegidas, destrucci\u00f3n de manglares, tours en helic\u00f3pteros sobre \u00e1reas de anidaci\u00f3n de aves end\u00e9micas, cualquier cosa est\u00e1 permitida\u201d, asegura Gamaliel con amargura, pero sin perder su aura de tranquilidad isle\u00f1a.<\/p>\n<p>Gamaliel Zapata es un hombre robusto que se ha ganado el apodo de Gringo por su tez api\u00f1onada y su pelo rizado. Como ocurre con muchos de los habitantes de Holbox, su apellido es la herencia de piratas y extranjeros que desembarcaron en la isla y de quienes solo quedaron los apellidos que predominan en la isla: Moguel, Ancona, Sabatini, Zapata, Betancourt, Arg\u00fcelles, Cetina, Coral, Canto, Jim\u00e9nez, \u00c1vila.<\/p>\n<p>Es maestro en una escuela rural de El Milagro, una zona marginal a las afueras de Canc\u00fan, en donde ahora vive con su familia. Los fines de semana regresa a Holbox para supervisar la construcci\u00f3n de su propia vivienda. Con el boom de pesca de la langosta, su generaci\u00f3n consigui\u00f3 que sus padres los apoyaran para estudiar la preparatoria y la universidad fuera de la isla, aunque, al concluir la escuela, optaban por regresar. Era normal encontrar contadores o ingenieros al abordaje cada ma\u00f1ana en los botes de pesca, porque se ganaba mejor y se estaba cerca de la familia. Han pasado dos d\u00e9cadas y ahora \u00fanicamente sobreviven tres cooperativas pesqueras. Ahora es m\u00e1s rentable dedicarse al turismo, al hospedaje o a los negocios de comida y bebida.<\/p>\n<p>Al igual que Gamaliel, muchos salen de la isla para buscar oportunidades de trabajo y, cuando regresan a\u00f1os despu\u00e9s, se encuentran con casas nuevas, rostros desconocidos y una vista irreconocible.<\/p>\n<p>Holbox no estaba acostumbrado a los cambios demogr\u00e1ficos. En 1902, cuando se cre\u00f3 el Territorio Federal de Quintana Roo, solo hab\u00eda 305 pobladores. En 1950 segu\u00eda sin superar los 300 habitantes, pero de 1950 al 2000 la poblaci\u00f3n se cuadriplic\u00f3. Hoy albera 1,486 pobladores, seg\u00fan el INEGI. Para Gamaliel el problema no es tanto el crecimiento de la poblaci\u00f3n como la destrucci\u00f3n del tejido social del pueblo. Holbox tiene una cicatriz que a\u00fan hoy sigue enfrentando a las familias, a hermanos con hermanos, a vecinos contra vecinos, incluso hasta llevarlos a enfrentamientos violentos con heridos.<\/p>\n<p>Todos recuerdan el nombre de La Ensenada, un megaproyecto tur\u00edstico compuesto por 875 villas y condominios, tres hoteles, un \u00e1rea comercial y un puerto. El proyecto les pertenec\u00eda a empresarios entre los que se encontraba Fernando Ponce Garc\u00eda, due\u00f1o de Bepensa, la embotelladora de Coca Cola en la regi\u00f3n.<\/p>\n<p>Gamaliel recuerda que, despu\u00e9s de la destrucci\u00f3n que dej\u00f3 el hurac\u00e1n Wilma en 2005, los empresarios empezaron a tejer su trampa. Gamaliel Zapata era alcalde en ese entonces e incluso \u00e9l vio con buenos ojos c\u00f3mo los representantes de Ponce llegaban con electrodom\u00e9sticos, dinero para la reconstrucci\u00f3n, promesas de desarrollo. Todo a cambio de sus derechos ejidales. El pago que ofrec\u00edan a las familias era de 4 millones de pesos, un precio muy por debajo para estos terrenos que ahora se cotizan en d\u00f3lares.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s vinieron enga\u00f1os y fraudes para acelerar la apropiaci\u00f3n. El saldo que dej\u00f3 la lucha por 12 kil\u00f3metros de playa fue 16 pobladores de la isla detenidos con supuestas acusaciones de delitos ambientales, agresiones contra otros 30 comuneros y una sociedad enemistada. Aunque Fernando Ponce termin\u00f3 por retirar el proyecto, el da\u00f1o estaba hecho. El pueblo qued\u00f3 dividido entre los 70 ejidatarios que decidieron conscientemente vender su tierra alegando poder tener dinero y los 46 que decidieron oponerse para recuperar su hogar.<\/p>\n<p>\u201cCon la venta del ejido se hicieron cuartos al por mayor y comenz\u00f3 una venta descontrolada. El pueblo ya no es la casita de madera, ahora se est\u00e1n construyendo grandes hoteles, comenzaron los festivales masivos, los tours constantes. Eso ocurri\u00f3 porque las familias est\u00e1n enemistadas, familia contra familia\u201d, explica Gamaliel.<\/p>\n<p>Gamaliel Zapata, con su rostro redondo color manzana fresca y sus manos gruesas de quien alguna vez lanz\u00f3 redes al mar, cierra la puerta de su casa de un solo piso. Mira con atenci\u00f3n el nuevo hotel de diez villas que tiene enfrente, su jacuzzi, sus balcones y ventanales altos. Voltea de nuevo a su casa, blanca de puertas desvencijadas y que guarda la esencia improvisada de las cosas que se construyen en toda una vida. La isla en donde creci\u00f3 ha desaparecido, de un momento a otro la realidad la devor\u00f3.<br \/>\nPOSTAL N\u00daMERO 5<\/p>\n<p>El ferri que regresa a los vacacionistas parece dormitar sobre el agua hasta que se llena y se encienden los motores. Dentro, tras una barra que se asemeja a la de una cantina, Marlene pelea con el cable de sonido de una bocina inservible. Su boca color clavel se tuerce como una l\u00ednea mal dibujada. Es cubana. \u201cYo soy una artista\u201d, se define a ella misma en voz alta como si extendiera una tarjeta de presentaci\u00f3n. Su labor consiste en interpretar canciones de moda durante los 20 minutos que dura el trayecto.<\/p>\n<p>Tratando de disimular su fastidio, Marlene conecta el cable del amplificador y el woofer comienza a toser la melod\u00eda de \u201cDespacito\u201d. Como el aparato tiene un corto, la m\u00fasica se escucha a veces s\u00ed, a veces no.<\/p>\n<p>\u201cLlevo 20 a\u00f1os viviendo en M\u00e9xico, me vine a la isla a trabajar porque en Canc\u00fan es dif\u00edcil y aqu\u00ed aprecian lo que hago. Aunque ya estoy algo harta, te digo, yo no puedo trabajar con tantas fallas\u201d, dice la mujer de vestido entallado que intenta de manera tosca hacer que su amplificador funcione.<\/p>\n<p>Holbox<\/p>\n<p>Marlene se decide a interpreta otra canci\u00f3n. Su voz es suave, ronca y desafinada. La m\u00fasica se apaga. Los que no est\u00e1n tomando fotos y video de la cortina de agua que se eleva y empapa las ventanas de la cabina, aplauden con desgano. Marlene explica que la bocina se cay\u00f3 hace unos d\u00edas y desde entonces dej\u00f3 de funcionar. Pero ella es una artista. Lo recalca al darse por vencida cuando la bocina deja de funcionar.<\/p>\n<p>A capela canta la primera estrofa de \u201cLa vida es un carnaval\u201d, deja caer el micr\u00f3fono en la barra, y eleva el tono de su voz, mientras aplaude y mueve las caderas. Cerca de los tacones que sostienen los pies de Marlene gatea un ni\u00f1o de cabello rizado que juega sobre la alfombra azul con una paleta relamida. El ni\u00f1o comienza a llorar y extiende los brazos hacia Marlene, su madre, que recibe otro aplauso diluido. Marlene carga al ni\u00f1o que se lleva a la boca la paleta y pasa entre la gente con un cuenco de cristal. Solo emerge un ligero tintineo del cristal cuando caen apenas unos pesos.<\/p>\n<p>Es todo, fin del viaje. Marlene sale de la embarcaci\u00f3n con el ni\u00f1o. Voltea sobre el muelle y extiende el brazo con efusividad para saludar a un hombre negro y robusto que es su compatriota. El cubano usa una boina y gafas oscuras, carga una bocina como la de Marlene y se sube a un ferri que est\u00e1 listo para regresar a la isla. Responde con mansedumbre al saludo, sin muchas ganas. Tampoco parece ser un buen d\u00eda para \u00e9l. Ambos cruzar\u00e1n la laguna unas diez veces durante su jornada. Como un p\u00e9ndulo, oscilar\u00e1n entre la promesa del para\u00edso y la realidad ordinaria.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/www.animalpolitico.com\/2018\/04\/holbox-paraiso-que-muere-lentamente\/\" rel=\"noopener noreferrer\" target=\"_blank\">https:\/\/www.animalpolitico.com\/2018\/04\/holbox-paraiso-que-muere-lentamente\/<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tatiana Maillard y Juan Manuel Coronel \/ Animal Pol\u00edtico Cada 60 minutos, desde Chiquil\u00e1 parte un ferri hacia la isla de Holbox. 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