Madres de los desaparecidos en Sinaloa no sólo quieren cuerpos: demandan conocer la verdad

Por Marcos Vizcarra

Sinaloa/Ciudad de México, 3 de septiembre (Noroeste/SinEmbargo).- A las 7:00 de la mañana de cada miércoles o viernes, Las Rastreadoras de El Fuerte se reúnen en la oficina que tienen en Los Mochis, Sinaloa. Van vestidas siempre de la misma manera, pantalones vaqueros desgastados, pañuelos y gorras puestos en la cabeza, botas y playeras con fotografías o con mensajes en alusión a lo que hacen: buscar a sus desaparecidos.

Eso comenzaron a hacerlo desde 2014, cuando el grupo apenas lo conformaban seis personas: Lucía Castro, Rosa Elia Vázquez, Yesenia Torres, Karla Gómez, Reyna Serna y Mirna Medina.

“Empezamos bien poquitas, ¿te acuerdas?, y mira… cuántas somos ahora?”, dice Mirna, quien hoy es la Líder de Las Rastreadoras.

El día que desaparece una persona se abre un hoyo en el pecho que se llena con desesperación, angustia y miedo. Ese vacío se llena de tristeza y coraje, de odio y resentimiento, de ganas de hacer volver el tiempo para pasar de nuevo el último momento que se tuvo junto a esa persona que ya no está.

Surgen muchas dudas: ¿dónde estará?, ¿por qué se lo llevaron?, ¿a dónde se lo llevaron?, ¿estará bien?, ¿tendrá calor o frío?, ¿habrá comido?, ¿tendrá sed?, ¿estará enfermo?, ¿qué debo hacer?

Son dudas que perduran y que nunca serán respondidas, de acuerdo a la experiencia de decenas de madres, padres, hermanas, hijos y amigos de personas que desaparecieron en Sinaloa y en cualquier otro lugar de México.

Mirna tiene razón en decir que ninguna persona está preparada para tener a una persona desaparecida, mucho menos para buscarla. Ese día, sigue diciendo, cambia la vida de cualquiera, hasta del más duro de corazón.

Pero, ¿qué pasa cuando se encuentra a un desaparecido?, ¿todas esas dudas cambian?, se puede pensar que sí, porque todas las personas que buscan no cesan en decir que quieren encontrarlos, vivos o muertos, pero encontrarlos. Pero no es cierto, porque las dudas permanecen para siempre.

EL CASO DE ROBERTO

Roberto Corrales Medina, un muchacho de 21 años, hijo de Mirna Medina, vendía reproductores MP3 y CD’s con música en la gasolinera que está a la entrada de El Fuerte. Ese trabajo lo hacía porque era el negocio familiar.

Sus padres se dedicaban a la venta de accesorios para carro, y cuando estos se separaron su padre le dijo a Mirna que se quedara con una caseta en Mochicahui, para que siguiera vendiendo accesorios para auto.

Roberto también lo hacía, pero con una caja llena de accesorios en una gasolinera de El Fuerte, a donde se trasladaba casi todos los días.

La tarde del 14 de julio del 2014 estaba en la gasolinera y llegó una camioneta negra. Adentro había personas que le pidieron que se acercara.

“Los de la gasolinera me dijeron que lo veían reírse y bromear, así era Roberto”, recuerda Mirna.

Nadie sabe qué hablaban, sólo que había carcajadas y que de un momento a otro esas personas le dijeron a Roberto que se subiera a la camioneta. Él sin chistar les dijo que sí y gritó que iba a una mejor vida.

Roberto ya no volvió ni se reportó con su padre, con quien vivía en Los Mochis.

El señor Roberto se comunicó con Mirna para preguntarle por él. Ambos decidieron esperar porque creyeron que tenía que volver, porque también tenía que reportar lo que vendió.

Pasó un día más y Mirna no aguantó, le habló al padre de Roberto y fueron hacia El Fuerte, en donde los de la gasolinera les contaron lo que pasó aquella tarde en que llegaron los hombres en una camioneta negra.

Mirna y su ex esposo tomaron sus cosas y se dirigieron a San Blas, para ir al Ministerio Público a poner una denuncia.

Ese día, cuenta Mirna, comenzó a sentir desesperación y angustia por no tener noticias de su hijo, algo que ella creía que nunca le iba a pasar.

“Yo estaba muy alejada de esto, igual que la mayoría de la sociedad ahorita. Yo escuchaba noticias de un desaparecido, de un levantado y yo decía ‘pobrecito’, nada más hasta ahí, y el 14 de julio me tocó entrar a este círculo triste”, dice.

Huérfana se le llama a la mujer que pierde a sus padres. Viuda a quien pierde a su pareja, pero una mujer que pierde o le desaparecen un hijo, un hermano o un padre no tiene nombre, prosigue, y tiene razón, pues hasta hoy no existe una definición para nombrar a los familiares de personas desaparecidas.

En San Blas, Mirna conoció a otras mujeres en esa misma situación, y entonces decidieron formar un grupo para salir a buscar a sus desaparecidos.

Eso sucedió en agosto de 2014 y un mes más tarde decidieron hacer las primeras acciones como colectivo.

El 12 de septiembre de 2014 se fundó el grupo de mujeres que buscaban a sus desaparecidos. Sucedió cuando en el grupo se organizaron más de 10 familias y salieron a marchar en las calles de El Fuerte.

Meses más tarde dejaron de manifestarse y se dedicaron únicamente a rastrear en lugares donde se les indicaba con mensajes anónimos que podía haber fosas clandestinas, como cerros, presas, veredas cubiertas de maleza y en áreas desérticas. A partir de ello se hicieron llamar Las Rastreadoras de El Fuerte.

En tres años el grupo creció y hoy aglutina más de 450 casos de los municipios de El Fuerte, Choix, Ahome, Guasave y Culiacán.

En ese mismo tiempo Mirna se repitió en decenas de veces que lo que importaba era encontrarlos como fuera.

“Lo único que queremos es encontrarlos, como sea, ya no los queremos… si ya no están con vida por lo menos encontrarlos… para que descansen en paz y nosotras también”, menciona.

LA FOSA DE OCOLOME

En sueños, Roberto le decía a su madre que ya dejara de buscarlo, que no se preocupara, que le daba vergüenza que saliera en la tele porque lo estaba buscando. Luego se alejaba y le decía a Mirna que lo alcanzara. Ella no veía más que a Roberto, pero escuchaba el sonido del tren.

Mirna nunca lo pudo alcanzar en sus sueños.

“Cómo quisiera alcanzarlo y que me diga dónde está, porque lo veo clarito, lo veo cómo me dice que aquí está, que lo alcance, pero no me dice dónde”, expresa.

En tres años de que se organizaron Las Rastreadoras han encontrado 95 cuerpos en fosas clandestinas y 80 de esos cuerpos ya fueron identificados y entregados a sus familiares.

Mirna se volvió aferrada en encontrar cuerpos, porque pensó que de alguna manera debía encontrar a su hijo, aunque estuviera hecho pedazos y enterrado en una fosa clandestina. Para ella, cualquier cuerpo podía ser su hijo.

El 14 de julio, cuando Roberto cumplió tres años de estar desaparecido, Mirna organizó una búsqueda especial, una de aniversario.

Ese día decidió ir a Ocolome, un poblado a siete kilómetros de El Fuerte. Ese lugar ya lo conocía, porque meses atrás fue con Karla Medina, quien busca a su hermano Arnoldo, quien desapareció el 1 de agosto del 2013. A Karla le dijeron de manera anónima que Arnoldo podía estar ahí, pero no encontraron nada.

Mirna asegura que el día que fue con Karla sintió pesadez, que incluso le pidió a las personas con las que iba que si era posible que la arrastraran.

“Les decía que me llevaran, porque sentía como si me dijeran que me quedara”, asegura.

El 14 de julio de 2017 volvió a ese lugar y encontró una fosa con restos humanos y alrededor pedazos de ropa desgastada por estar expuesta a la intemperie y cubiertas de accesorios para carro, como los que vendía Roberto en El Fuerte.

Mirna pensó que podía ser su hijo, como sucedía con todos los cuerpos que encontraba, pero esta vez no falló.

“Cuando él cumplió tres años hice la búsqueda y encontré un cuerpo y cuando lo vi pensé que era Roberto, siempre dije que era Roberto y me lo confirmaron”, dice.

“Me dijeron que me lo llevara a otro lado, a Guatemala a otros laboratorios, pero yo siempre supe que era mi hijo, yo no tengo duda”, añade.

A Mirna le notificaron en la Fiscalía General que sí era su hijo y de pronto recordó ese sueño, donde escuchaba el tren, porque ahí en Ocolome no pasa el tren.

“Yo no sé por qué escuchaba el tren, yo no sé, pero ya lo encontré”.
LA DUDA QUE NO DESAPARECE

El 25 de agosto la Fiscalía General del Estado y PGR le notificaron que sí era Roberto.

Ella cuenta que el Fiscal General de Sinaloa le dijo que había sido después del trabajo del organismo, pero ella le corrigió.

“Me dijo que lo habían encontrado en San Blas y le dije: ‘no, es el cuerpo que se encontró en Ocolome y no están todos los restos’”, dice.

El Fiscal General enmudeció y ella entonces le pidió que antes de que se lo entregara se hiciera una búsqueda para rastrear todos los restos faltantes, y él accedió.

Un día más tarde, el 26 de agosto, Las Rastreadoras se reunieron a las 7:00 de la mañana en la oficina de Los Mochis. Iban con el mismo protocolo que siempre siguen, pero esta vez con una encomienda diferente: encontrar los restos faltantes de Roberto.

Ese día fue como un cortejo fúnebre, uno que se hizo en un cerro con mujeres y hombres que tenían palos y picos para rastrear. Todos acompañaron a Mirna.

A esta búsqueda también fue Yesenia Torres, que apenas hace un año encontró muerto y en una fosa clandestina a su hermano.

“Yo creo que tenía que venir, porque Mirna siempre me ha acompañado, y todavía lo hace porque uno cree que ya encontrando a su familiar se va a acabar todo, pero no es cierto”, señaló.

Ese día Mirna encontró unos pequeños huesos en el mismo lugar donde hizo el hallazgo de los demás restos, pero no más. Al terminar colocó una cruz en ese lugar donde estuvo Roberto y sucedió algo similar a lo que pasa en un funeral.

Las mujeres y hombres que estaban ahí comenzaron a llorar, al mismo tiempo en que Mirna gritaba y maldecía.

Cualquiera puede pensar que al encontrar a la persona desaparecida se acaba todo ese sufrimiento y se encuentra la paz, pero no es cierto. Al menos no lo es con Mirna ni lo ha sido con las 79 familias que como ella han recuperado a sus familiares.

“A uno se le quita la angustia de saber en dónde está, si está vivo o muerto… uno está viviendo con la angustia de no saber dónde estarán ellos, pero cuando ya lo encuentras y la forma en que lo encuentras… se te vienen a la cabeza muchas cosas”, dice Míriam, una mujer de 24 años, y que el 10 de mayo del 2017 encontró a su hermano en una fosa clandestina en Guasave.

Las Rastreadoras comenzaron a hacer lo que ninguna autoridad hacía: encontrar desaparecidos, sin embargo, dice Míriam, aunque ellos están encontrando personas, no están encontrando verdad y eso al final los deja con decenas de dudas sin responder, porque para ellas y ellos no hay verdad, no hay justicia ni reconciliación.
http://www.sinembargo.mx/03-09-2017/3294777