CONVERSATORIO
"MIRADAS, ESCUCHAS, PALABRAS: ¿PROHIBIDO PENSAR?"”

La fuerza de Ostula

Reconstrucción detallada de lo ocurrido el pasado 19 de julio en la comunidad indígena de Santa María Ostula

Texto y fotografías por: Heriberto Paredes y Cráter Invertido

Poco más de una semana ha pasado desde que un operativo en la costa michoacana dejara como resultado a un niño de 12 años muerto, Hidilberto Reyes García, y a 10 personas lesionadas: Yeimi Nataly Pineda Reyes, de 6 años, con rozón de bala en la cabeza; Edith Balbino Vera, con rozón de bala en la espalada; Delfino Antonio Alejo Ramos de 17 años, impacto de bala en el glúteo; Horacio Valladares Manuel de 32 años, impacto de bala en la cadera; José Nicodemos Macías Zambrano, de 21 años, impacto de bomba de gas lacrimógeno en la cara; Melesio Cristino Dirzio, de 60 años, con impacto de bala en la pierna y un testículo; Filiberto Mares Corona, impacto de bomba de gas lacrimógeno en la cabeza; Heriberto Mares Sánchez, de 16 años, impacto de bomba de gas lacrimógeno en la cara; Victoriano Medina Flores, de 28 años, impacto de bomba de gas lacrimógeno en la boca y Karina Rodríguez Cruz, de 12 años –con síndrome de Angelman– impacto de bomba de gas lacrimógeno en la rodilla.

Sin razón alguna, más de 1000 efectivos del 86 Batallón de Infantería, así como marinos, policía estatal y federal se presentaron en la comunidad de Santa María Ostula y simplemente agredieron a población inerme. Jaime Rodríguez, procurador de Michoacán, ha cambiado en varias ocasiones de versión de los hechos; al principio negó rotundamente que hubiera disparos –pese a que los heridos de bala, el niño muerto por impacto de bala y varios videos grabados en celular lo contradecían–, sin embargo, posteriormente cambió el relato y dijo que el ejército sí había disparado pero al aire y, finalmente, en su última declaración pública, el burócrata afirmó que luego de los peritajes y las averiguaciones, el ejército nos disparó sino que fue un grupo armado «desconocido».

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Con dolor y rabia, Emilia García Cabrera, madre del niño asesinado, cuestiona frente a las cámaras al gobierno mexicano: «¿A poco creen que mi hijo cuesta un peso para matarlo de esta forma, nunca van a poder reponerme a mi hijo como estaba? ¿Creen que no me duele, que no siento? También somos seres humanos». Con mucha dignidad, las y los comuneros de Ostula, han denunciado lo ocurrido el pasado 19 de julio, cuando elementos del mando único de Michoacán, ingresaron a la comunidad a detener al líder de la policía comunitaria del municipio, Cemeí Verdía Zepeda y donde agredieron con gas lacrimógeno y armas de fuego (de las cuales se han encontrado cartuchos de calibre .762 y 5.56 mm, de uso exclusivo del ejército).

Resulta evidente la complicidad de la institución de supuesta procuración de justicia con las instancias castrenses para ocultar lo que realmente ocurrió. No obstante, la falta de claridad que ha manifestado, una vez más el Estado, gracias a la colaboración de varios habitantes de Ostula, se ha podido hacer una reconstrucción de los hechos a partir de videos que fueron grabados por celulares y cámaras. Pocos días después de que peritos de la Procuraduría General de la República (PGR) y visitadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) acudieran a recopilar pruebas y documentar agresiones, Germán Ramírez, nuevo comandante de la policía comunitaria, encabezó un recorrido con el propósito de dar a conocer los hechos tal y como los vivieron. Con la explicación del comandante, cada punto del recorrido se llenó de datos y la demostración de conocimiento del contexto resultó muy evidente.

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Una muestra de la precisión en la información recabada es lo que un comunicado de asamblea, autoridades y comandantes de la comunidad indígena, dado a conocer el pasado 27 de julio, asegura:

Diversos elementos nos llevan a concluir que dentro del comando armado iban infiltrados, con el uniforme respectivo, sicarios del cártel de Los Caballeros Templarios, tal es el caso de Fabián Valencia Vargas, Alán Guerra Falcón, Margarito Preciado, alias La Pirri, Fidelina Falcón Landa y Miguel Landa, alias El Chaparrito, quienes pertenecen al cártel de los llamados Los Viagras (de origen Templario) y fueron identificados dentro del grupo de la Policía Ciudadana. Igualmente desde los radios que los miembros del citado comando robaron a la comunidad se escuchó la voz de Jairo Márquez, alias el Chilanguillo e integrante de Los Templarios, quien azuzaba a la violencia. Ya cuando el comando gubernamental se retiraba de la Ixtapilla se escuchó por las radios y desde algunos altavoces de los vehículos del Ejército Mexicano consignas como: ¡Vivan los Templarios! ¡Somos del cártel templario cabrones! ¡Pinches comuneros ya se les acabó su fiestecita!

Reconstrucción de los hechos

Al comienzo del recorrido, unas 10 camionetas con policías comunitarios se enfilaron a lo largo de la carretera 200 y la caravana se dirigió hacia la población conocida como La Placita, lugar en donde los Caballeros Templarios tenían una base de operaciones y en donde residían buena parte de los integrantes de la estructura criminal incluyendo al jefe de plaza, Federico Gonnzález, alias «Lico». Fue precisamente en este lugar, en donde el comandante Cemeí Verdía fue detenido sin que mediara una orden de aprehensión o algún citatorio específico, por lo que su aseguramiento y traslado resulta totalmente ilegal. Germán Ramírez nos mostró los permisos y las armas que el propio gobierno les había proporcionado luego de su registro como fuerzas rurales y aseguró que Cemeí tenía sus papeles en regla por lo que la petición de la comunidad de dejarlo en libertad inmediata se mantendrá, además de que los cargos que después le fueron imputados, resultan insostenibles.

A menos de 1 kilómetro, en la salida sur de La Placita se encuentra un retén de la marina, mismo que fue solicitado por la comunidad para su protección casi 5 años atrás, y el cual, según explica Ramírez, se convirtió en un punto que protegió al crimen organizado y no a la población. Tras el operativo del 19 de julio, el retén luce casi abandonado y tan sólo unos cuantos marinos cuidan escondidos las instalaciones. Es hasta que nos acercamos a preguntar su versión de los hechos que varios se dejaron ver, y por supuesto su respuesta ante los cuestionamientos resultó inoperante: «No estamos autorizados para decir algo, vaya a la base naval de Lázaro Cárdenas y ahí le darán informes». Ya ni coraje da, sólo risa.

El ambiente en estos dos puntos está cargado de cierta tensión, pese a la presencia y organización de los comunitarios, los Templarios no han abandonado del todo estos lugares y hay una sensación de ser observados. Germán lo sabe pero decide, lo mismo que el resto de los comunitarios, mantenerse firmes y contar ante las cámaras la colusión existente entre esta institución castrense e integrantes del cártel. Y en este tono se realizará el resto del recorrido, con decisión y claridad en el discurso, con la seguridad de que es la verdad lo que lo respalda, a diferencia del gobierno estatal y el federal que en sus escasas declaraciones cambia las «verdades históricas» más de tres veces sin poder sostener una sola. En el video que presentamos en esta publicación se puede seguir este recorrido.

La fuerza de la comunidad

El doble golpe contra la comunidad fue duro aunque, por otro lado, vemos hasta qué punto es que los ha llenado de fuerza y valor no sólo por buscar la libertad de su compañero sino por mantenerse tajantes ante la decisión de salvaguardar la tierra que legítimamente les pertenece. En un primer momento, la detención de Cemeí Verdía, no es sólo la detención de un policía comunitario sin más, es la materizalización de la traición, lo mismo que al doctor Mireles pero con el agravante de que la comunidad de Ostula respalda en su totalidad al comandante Verdía. Él es uno de los sobrevivientes del periodo comprendido entre 2009 y 2013 en donde 32 comuneros fueron asesinados y 6 desaparecidos, él estaba en la lista y los Templarios lo fueron a buscar mientras él jugaba un partido de fútbol en la comunidad conocida como El Faro de Bucerías; salió huyendo y tuvo que abandonar su casa y su familia para salvar su vida, se instaló en Colima y no fue sino hasta casi tres años después, en febrero de 2014, que pudo volver. Regresó pero lo hizo organizado, apoyado por las autodefensas de los municipios colindantes y eso le valió la estima de las y los comuneros.

La segunda vertiente del golpe contra la comunidad es la muerte de Hidelberto Reyes, un niño que fue sorprendido por el fuego que abrió el ejército, recibió un impacto de bala en el vértice del ojo derecho, perdiendo la vida inmediatamente. Su única responsabilidad fue tratar de refugiarse en medio de una balacera unilateral en la que el ejército mexicano atacó a la población inerme. Por supuesto que el dolor de la familia se extiende a toda la comunidad y por ello no se trata de un hecho aislado, algo que fue accidental. Hasta la fecha todas las agresiones que ha sufrido Ostula son premeditadas y tienen una explicación en la necesidad de despojar a los habitantes de sus tierras.

Y a pesar de esto, la comunidad nahua de Santa María Ostula está firme en sus demandas; firme en su organización; firme en a decisión de luchar por la tierra y por la vida. Se sabe que no es una tarea fácil, que los enemigos son muchos y tienen fuerza y poder, pero eso no ha logrado disminuir la voluntad y la dignidad que mujeres y hombres muestran día con día al llevar a cabo las tareas cotidianas y las de la lucha que se ha convertido en su vida. Echar tortilla, asegurar la alimentación de todas las personas que están haciendo guardias en el punto de Xayacalan para que el bloqueo carretero continue; ver que toda la logística de difusión y de información se haga con la mayor de las eficacias, noche con noche, las personas se acercan a la oficina comunal a ver si hay nuevas notas de la prensa para analizar lo que se dice sobre ellos. Siempre hay actividades, más ahora que comunitarios de Cohuayana, Chinicuila y Aquila hacen acto solidario de presencia y acompañamiento.

Aún con la muerte –o tal vez gracias a ella– la vida de la comunidad no puede detenerse, hay que sembrar, recoger algunas cosechas, conseguir leña, pescar, asegurar mecanismos de riego porque las lluvias están escaseando, fenómeno que también se debe a la tala excesiva e ilegal de árboles para su tráfico en el mercado asiático, en particular los que proveían la madera zangualica, una madera ya en peligro de extinción y cuyo vacío ha modificado el ciclo de lluvias en la región. Pero siempre hay un modo para resolver lo necesario y preservar la vida, los rostros de las mujeres no ocultan la tristeza aunque se mantenga una disposición a la sonrisa y a la broma, algo muy característico de la cultura nahua. Los hombres, pese al calor, no dejan de ir de un lado para otro, algunos cumpliendo tareas de seguridad pues son parte de la policía comunitaria, otros se organizan en la comisión de prensa comunitaria para acoger a los que llegan y mantener al tanto a la comunidad sobre las notas e información que va haciéndose pública; mientras los niños y las niñas juegan entre los árboles, construyen historias, le recuerdan a quien pasa por ahí, que son los herederos de aquellos que fueron asesinados y desaparecidos.

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